martes, 28 de enero de 2020

La autenticidad ¿existe?

 



Muchísimas veces la vida de un escritor es dura. La inspiración puede tardar en llegar meses, y hasta entonces, solo te queda esperar. Para los que os lo preguntéis; sí, yo me considero escritora. Es una parte de mí que me encanta. Me gusta sentarme en la cama con el portátil encima de las piernas y dejar volar mi imaginación y mis palabras. Empecé a escribir con cinco años y pese a no ganar ningún “Joc Floral” se ha convertido en mi pasión. He escrito sobre sexo, relaciones, hijos, sobre el amor y el desamor pero nunca he escrito sobre la comida. La verdad, no entiendo porqué. Soy una gran amante de la ella. Sin duda, uno de los placeres más grandes que tenemos en esta vida. Así que hoy, me he decidido a poner palabras a cada pensamiento que siento cuando entro en un restaurante.

La gente que me conoce sabe que disfruto, como una niña pequeña en Navidad, con cada sorbo de vino; con cada cucharada de crema; con cada bocado de pan de curry. Me encanta descubrir, sentir y amar cada cosa que meto en mi boca. Apreciar gustos raros en mi paladar, es el objetivo de un sábado noche. Probar cosas dulces que acaben con un punto ácido; degustar alimentos que parecen convencionales y que luego te sorprendan porque están fríos, cuando a priori es un plato caliente; sentir que las verduras te explotan en la boca; o que te dejen el paladar muerto, porque has comido una flor con pequeñas descargas eléctricas, que al cocinero le ha parecido ideal ponerla al lado del atún. Éso, sin duda es lo más auténtico que hay en esta vida.

Hay mucha gente que según ellos: “solo come, para no morirse” A esta gente va dedicado el blog. Me gustaría que sintieran por una vez, el placer de comer. El placer de haber pasado de comer animales y plantas a imaginar cocinándolas; el placer de haber conseguido idear un menú degustación de veinte platos y que la gente se quede esperando años para probarlo. Eso me hace tener mucha fe en el ser humano. Para mí los cocineros son artistas. Podrían ser escritores: ellos imaginan, inventan, fusionan y presentan. Por eso existe una extraña relación entre cocina y palabras. ¿Cuántos cocineros han escrito libros? Y no solo de recetas. Escriben sus trucos, sus impresiones sobre la vida, sus anécdotas, su inspiración. Así que ellos, como nosotros, hacen el bien común de mostrar al mundo sus ideas. Y sin duda, esto convierte al lejano punto azul, en un lugar un poco mejor.

Hablando de inspiración (véase la primera frase del texto). La mía sin duda ha sido la gran serie de Isabel Coixet. “Foddie Love” Espero que no se enfade por haberle cogido un trocito de su título… Es una serie donde los protagonistas tienen varias citas en sitios diferentes de Barcelona, a cual más pintoresco. Con el denominador común de la comida, van abriéndose el uno al otro de forma maravillosa. Esta serie es mi vida. Yo, literalmente soy la chica. Hay puntos en común tan fuertes que me sentí atrapada por los maravillosos diálogos, planos, fotografía y música. Es una serie, que seguramente, muchísima gente se enganchará por esto mismo motivo. Isabel, pone unos personajes en medio de la Ciudad Condal, que podríamos ser cualquiera de nosotros, quedando con alguien, de las diez mil aplicaciones que hay actualmente. Pero a la vez, no son esos frikis veganos, pijos, que le hacen asco a un postre porque les engorda. Son comilones, ácidos (sobre todo ella), son camaleónicos, les da igual ir a un sitio del Carmel como a un menú de dos cientos euros. Son auténticos. Y creo que hoy en día falta mucha autenticidad en le plano gastronómico.

No me gusta la gente corriente. La gente que se mueve bajo las influencias de los demás, las detesto. La gente que no toma postre, los que hacen fotos a todos los platos. Yo, mientras más estoy disfrutando, menos fotos hago. De mis últimos cumpleaños debe haber una o dos en toda la noche. Utilizo las redes sociales como todo el mundo y tengo bastantes fotos de Instagram pero de los momentos más auténticos tengo muy pocas. Eso me gusta. Y si las tengo, no siempre las publico. Supongo que sigo siendo una chica del año dos mil que le gusta mirar lo que come y disfrutarlo. Y alguna vez, que empiezo a comer un plato exquisito, cuando termino pienso “le podría haber hecho una foto” pero en seguida pienso “pero qué dices tonta, mira mi chico, aquí al lado, como disfruta de su flor salvaje electrizada, creo que esta noche no podré pedirle sexo oral” Y sonrío. No fotografío, solo sonrío. Disfruto, hablo, soy feliz. Y ser feliz solo comiendo es un don que muy poca gente tiene en esta vida. Las fotos con los platos las tiene todo el mundo, pero el saber apreciar un menú degustación, es algo exquisito, escaso y auténtico. Auténtico, una palabra que aunque todo el mundo sepa su significado parece que en la sociedad de hoy en día brilla por su ausencia.

Para mí, los momentos más auténticos, son los que se recuerdan, a veces en la soledad de tus pensamientos, y a veces en las infinitas conversaciones en la cama con tu chico, riendo, recordando platos, sabores y olores bien abrazaditos, a punto de dormir.