Muchísimas veces la vida de
un escritor es dura. La inspiración puede tardar en llegar meses, y
hasta entonces, solo te queda esperar. Para los que os lo preguntéis;
sí, yo me considero escritora. Es una parte de mí que me encanta.
Me gusta sentarme en la cama con el portátil encima de las piernas y
dejar volar mi imaginación y mis palabras. Empecé a escribir con
cinco años y pese a no ganar ningún “Joc Floral” se ha
convertido en mi pasión. He escrito sobre sexo, relaciones, hijos,
sobre el amor y el desamor pero nunca he escrito sobre la comida. La
verdad, no entiendo porqué. Soy una gran amante de la ella. Sin
duda, uno de los placeres más grandes que tenemos en esta vida. Así
que hoy, me he decidido a poner palabras a cada pensamiento que
siento cuando entro en un restaurante.
La gente que me conoce sabe
que disfruto, como una niña pequeña en Navidad, con cada sorbo de
vino; con cada cucharada de crema; con cada bocado de pan de curry.
Me encanta descubrir, sentir y amar cada cosa que meto en mi boca.
Apreciar gustos raros en mi paladar, es el objetivo de un sábado
noche. Probar cosas dulces que acaben con un punto ácido; degustar
alimentos que parecen convencionales y que luego te sorprendan porque
están fríos, cuando a priori es un plato caliente; sentir que las
verduras te explotan en la boca; o que te dejen el paladar muerto,
porque has comido una flor con pequeñas descargas eléctricas, que
al cocinero le ha parecido ideal ponerla al lado del atún. Éso, sin
duda es lo más auténtico que hay en esta vida.
Hay mucha gente que según
ellos: “solo come, para no morirse” A esta gente va dedicado el
blog. Me gustaría que sintieran por una vez, el placer de comer. El
placer de haber pasado de comer animales y plantas a imaginar
cocinándolas; el placer de haber conseguido idear un menú
degustación de veinte platos y que la gente se quede esperando años
para probarlo. Eso me hace tener mucha fe en el ser humano. Para mí
los cocineros son artistas. Podrían ser escritores: ellos imaginan,
inventan, fusionan y presentan. Por eso existe una extraña relación
entre cocina y palabras. ¿Cuántos cocineros han escrito libros? Y
no solo de recetas. Escriben sus trucos, sus impresiones sobre la
vida, sus anécdotas, su inspiración. Así que ellos, como nosotros,
hacen el bien común de mostrar al mundo sus ideas. Y sin duda, esto
convierte al lejano punto azul, en un lugar un poco mejor.
Hablando de inspiración
(véase la primera frase del texto). La mía sin duda ha sido la gran
serie de Isabel Coixet. “Foddie Love” Espero que no se enfade por
haberle cogido un trocito de su título… Es una serie donde los
protagonistas tienen varias citas en sitios diferentes de Barcelona,
a cual más pintoresco. Con el denominador común de la comida, van
abriéndose el uno al otro de forma maravillosa. Esta serie es mi
vida. Yo, literalmente soy la chica. Hay puntos en común tan fuertes
que me sentí atrapada por los maravillosos diálogos, planos,
fotografía y música. Es una serie, que seguramente, muchísima
gente se enganchará por esto mismo motivo. Isabel, pone unos
personajes en medio de la Ciudad Condal, que podríamos ser
cualquiera de nosotros, quedando con alguien, de las diez mil
aplicaciones que hay actualmente. Pero a la vez, no son esos frikis
veganos, pijos, que le hacen asco a un postre porque les engorda. Son
comilones, ácidos (sobre todo ella), son camaleónicos, les da igual
ir a un sitio del Carmel como a un menú de dos cientos euros. Son
auténticos. Y creo que hoy en día falta mucha autenticidad en le
plano gastronómico.
No me gusta la gente
corriente. La gente que se mueve bajo las influencias de los demás,
las detesto. La gente que no toma postre, los que hacen fotos a
todos los platos. Yo, mientras más estoy disfrutando, menos fotos
hago. De mis últimos cumpleaños debe haber una o dos en toda la
noche. Utilizo las redes sociales como todo el mundo y tengo
bastantes fotos de Instagram pero de los momentos más auténticos
tengo muy pocas. Eso me gusta. Y si las tengo, no siempre las
publico. Supongo que sigo siendo una chica del año dos mil que le
gusta mirar lo que come y disfrutarlo. Y alguna vez, que empiezo a
comer un plato exquisito, cuando termino pienso “le podría haber
hecho una foto” pero en seguida pienso “pero qué dices tonta,
mira mi chico, aquí al lado, como disfruta de su flor salvaje
electrizada, creo que esta noche no podré pedirle sexo oral” Y
sonrío. No fotografío, solo sonrío. Disfruto, hablo, soy feliz. Y
ser feliz solo comiendo es un don que muy poca gente tiene en esta
vida. Las fotos con los platos las tiene todo el mundo, pero el saber
apreciar un menú degustación, es algo exquisito, escaso y
auténtico. Auténtico, una palabra que aunque todo el mundo sepa su
significado parece que en la sociedad de hoy en día brilla por su
ausencia.
Para mí, los momentos más
auténticos, son los que se recuerdan, a veces en la soledad de tus
pensamientos, y a veces en las infinitas conversaciones en la cama
con tu chico, riendo, recordando platos, sabores y olores bien
abrazaditos, a punto de dormir.
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