-Buenos días corazón- -Buenos días-dijo Jim mientras abría un ojo y se desperezaba. Me levanté y me puse a hacer el desayuno. Pensé en lo buena que había sido la idea de alquilar un apartamento en Cadaqués. Necesitaba unos días con mi mejor amigo. Necesitaba charlas, cenas, playa y relax a su lado. Y porqué no decirlo, me estaba sentando genial unos días sin trabajar. Quién me ha visto y quién me ve. Yo, una maniática de mantener mi puesto por encima de todo; una jefa que echaba la bronca a sus empleados por el simple hecho de ir al servicio más de cinco veces al día; una trabajadora ejemplar: la primera que llegaba y la última que se iba. Confieso que en Nueva York me llamaban: “Anna Wintour Junior” ¿Qué me estaba pasando en España? ¿El país me había relajado o era mi cuerpo que se relajaba ante semejante país? Aquí, lo importante no es el dinero o el trabajo. Aquí lo importante es vivir y ser feliz. Evidentemente hay trabajos que sí. En la bolsa de Barcelona hay estrés, cuando eres el director comercial de la marca Yves Saint Laurent obvio que también; pero por lo general se vive muy tranquilo. Sin quererlo estaba asimilando las sensaciones y el ritmo de vida que mi abuela y mi Señor abuelo me comentaban cuando hablaban de este país. Adoraba pasear con los últimos rayos del sol, me encantaba eso de hacer el tapeo o el vermuth los domingos. Me moría por la comida, el vino y el cava catalán (confieso que lo descubrí hace pocos días) La verdad que tomando café, sentada en el sofá, mientras miraba al mar por la ventana del comedor, me sentía muy, muy feliz.
El viernes, justo antes de irnos, conseguí un piso perfecto. Todo fue muy rápido. Una señora de unos ochenta años me llamó al móvil y me dijo si podía, esa misma tarde, ver el piso. Había recibido un mail con mi solicitud pero no se aclaraba con los ordenadores, así que me pidió conocerme tomando un café con ella a las cinco. Imaginaos, yo con el coche recién alquilado, Jim metiendo las maletas y poniendo el GPS y el recpcionista del hotel preguntando si dejaba la habitación... Con este panorama le dije que sí. Una cosa era desconectar del trabajo unos días y la otra dejar pasar un piso perfecto por llegar antes a la playa… España, de momento, no me había cambiado tanto. Jim fue mi amuleto. Me acompañó y se hizo pasar por mi novio, (cosa que nos gustaba hacer mucho) Resultó muy útil. La dueña nos vio como una pareja comprometida y de futuro, nos preguntó si teníamos pensado tener hijos y cuánto tiempo hacía que salíamos. Después del café la señora nos confesó que tenía miedo de que yo fuera una solterona que trajera a un montón de chicos y que ensuciara de cochinadas, sus sábanas de algodón egipcio de seiscientos hilos. Jim no sabía mucho español pero con una sonrisa y un: “no se preocupe Sra. Grau i Ribó, cuidaremos de su piso como si fuera nuestro” la conquistó. Debo reconocer que gracias a Jim tuve un descuento tanto en la fianza, como en el alquiler mensual. De mil setecientos euros que pedía, me lo dejó en mil cuatrocientos y con garaje incluido. Flipé con la labia de Jim y con su poder de conquista hacia la gente ajena. La señora Grau i Ribó nos dijo que estaba muy contenta con nosotros y que el precio lo subía para evitar a las solteronas. ¡Dios como odiaba esa palabra!. ¿Si Jim no hubiese venido hubiese pagado trecientos euros al mes más por la cara, rectifico: por mi cara de solterora? Por desgracia vivíamos en un mundo que las apariencias aún lo eran todo. Me relajé y eché una mirada a mi nuevo piso. La vivienda era una preciosidad. Muebles de madera oscuro que parecían coloniales, acabados de parquet, ventanas de aluminio blancas con doble cristal para evitar los ruidos exteriores y cocina totalmente equipada. Tenía unos ochenta o noventa metros cuadrados. Una terraza amplia que daba a un “pati d’illa”, tres habitaciones, la mía era suite y había otro baño en el pasillo frente a las habitaciones pequeñas. Una será mi vestidor (justo la que está puerta con puerta con el dormitorio) y la otra la de invitados. El pasillo no era muy grande, siempre he odiado las casas que lo tuvieran muy largo; no era exactamente odio, en realidad me daba miedo. Supongo que tantas pelis de terror corriendo pasillo arriba y abajo hasta que la protagonista muere, no ayudaban a mis fobias inmobiliarias. La habitación tenía una cama enorme y… ya no me haría falta un vestidor. Tenía dentro un pequeño cuartito que ya era un vestidor hecho de obra. Magnífico. Confieso que se me cayó una lágrima al ver las barras para poner todos mis zapatos. La cocina estaba abierta al comedor haciendo un espacio enorme. Pero sin duda, lo mejor de todo: la terraza. Era cuadrada, tenía una mesa, cuatro sillas y hasta una sombrilla para tapar el sol y que mi piel blanquita no se quemase. Éso me enamoró. Firmé el contrato esa misma tarde y le hice el ingreso de la fianza al instante desde el móvil. La abuela flipó. Llamó a su gestor para que comprobase que el ingreso había llegado sin prblemas. Ahí ni la sonrisa de Jim pudo convencerla de que el dinero ya estaba en su cuenta. Recibí dos copias de las llaves. Una, por supuesto, la abuela se la dio a Jim. En el ascensor nos abrazamos y empezamos a hacer unos chillidos muy cuquis y nuestro bailecito de “Que guay, lo has conseguido” Mirándolo fríamente Jim parecía gay, sobre todo en momentos como aquellos. Súper emocionados le dije que esta noche había que darlo todo. Y que por supuesto invitaba yo. Jim aceptó y antes de arrancar hacia nuestras vacaciones me miró y me dijo; “Peque, ahora sí que lo has conseguido. Felicidades”
Llegamos a Cadaqués cerca de las nueve. Con el BMW X1 que había alquilado se nos hizo el viaje súper ameno y muy cómodo. Pusimos nuestra lista de spotify y tiramos millas hasta este precioso pueblo que aparecía detrás de una carretera de curvas bastante pronunciadas. Las curvas, Jim, Cadaqués, mi piso nuevo y el atardecer, hicieron de ese momento: único. Me sentí cómo que no podía pedirle más a la vida. Dejamos rápidamente las maletas, nos duchamos y nos arreglamos para cenar. En el coche, antes de llegar, (previsores como somos los dos) miramos restaurantes para cenar. Nos enamoramos de uno que se llama Compartir. Hubiese sido ideal para esa noche, pero era uno de esos restaurantes que se pedía cita con dos meses de antelación. Creo que era de los cocineros de Ferrán Adrià. No lo pensé dos veces y pedí cita ya. Me dieron fecha para el último día de su calendario laboral ya que luego cierran y no vuelven a abrir hasta marzo. Entre las Navidades y el frío la telefonista me dijo que la experiencia no se disfrutaba igual. Así que el 3 de diciembre íbamos a cenar cuatro personas y de paso disfrutar de mi cumpleaños que era un par de días después. “Tú estás loca” me dijo Jim. “¿Pero con quién vas a ir?” “Contigo” le dije. “Hace un rato me has dicho que empezaba una nueva vida, que lo había conseguido, que estabas muy orgulloso de mí, ¿verdad? Pues así de alocada es la nueva Beth. Y ahora sigue buscando algo para cenar que me muero de hambre. ¿Cuál es el próximo de la lista?”
Al final acabamos en el Restaurante Lua. Un sitio muy curioso que hacía una fusión entre oriente y occidente. Todo conectado através del Mediterráneo. Había cosas griegas, turcas, italianas, catalanas, marroquíes, argelinas... La verdad que fue un descubrimiento muy bueno. Cenamos divinamente, nos ofrecieron un vino blanco, fresquito y muy adecuado a los platos que pedimos. Era increíble que terminando octubre, Cataluña gozara de una temperatura tan agradable. El camarero nos recomendó tomar un cóctel en un pequeño local llamado “El café de La Habana” Allí cada noche actuaba un cantautor diferente. La música y el arte amateur era la seña de este preciado local. Mientras escuchábamos a un cincuentón de pelo ralo cantando en catalán las famosas Habaneras, Jim me explicó todo acerca de su nuevo amor. Se habían conocido en el metro. Ella se bajaba en la 8 Av 14 St y él en la 7 Avenue Station. La línea E, color azul, del metro de NY, les había unido. Un tren descarriló y los hicieron bajar a todos durante una hora. Él empezó a hablar con ella y acabaron desayunando en una cafetería cerca de la catorce con la calle siete. ¡Muy cerca de mi casa! Se metieron por esos callejones tan encantadores tipo la calle Perry o la calle Jane y allí nació el amor. Entre el sur de la calle Houston y el norte. O como se dice coloquialmente entre el SoHo y el NoHo Jim se volvió a enamorar. Llevaban un mes escaso saliendo y estaban genial. Él era un enamoradizo de manual. Cuando le conocí, aluciné. Se enamoraba perdidamente de las chicas y cuando la relación acababa (más tarde o más temprano) Jim sufría como un adolescente. Parecía que era la primera vez en su vida que se enamoraba cuando lo veías sufrir así. Todo lo hacía con tanto sentimiento: el amor y el desamor. Siempre me juraba que era la última vez que le consolaba, pero cuando se quiere tanto a alguien como yo quiero a Jim, las promesas no te sirven de nada. Te alegras por él cuando se encuentra a la chica de sus sueños y lloras con él cuando todo acaba. Después de tantas rupturas traumáticas y tantos dólares gastados en terapia, alucino cuando vuelve a encontrar el amor. Se mete de cabeza como un adolescente y ya no hay marcha atrás. La verdad que yo hace tiempo que no creo en un amor así. Tan puro, tan sincero, tan auténtico. Espero sinceramente que Lucy sea la definitiva. Por lo que me ha dicho Jim, es estupenda. Ayer, después de unos gintonics, me juró y me perjuró que en el próximo viaje vendría con ella. Me imagino cenando con ellos en Compartir. Charlando, riendo, disfrutando. Bueno con ellos y con un galán maravilloso que me haga perder la cabeza tanto como este bendito país lo está empezando a hacer...
Me acabé el café. Jim salía del baño después de ducharse y de pasarse media hora hablando con Lucy. -¡Qué bien huele!- -¿A qué hora tenemos el padel surf?- - En una hora. Por cierto me estaba acordando de el tío francés que quería llevarte a la cama- -¡Aix calla!- -Mujer perfecta, piernas perfectas y mente perfecta- dijimos los dos a la vez mientras nos reíamos. -El único que no era perfecto en la ecuación era él- dije yo a carcajada limpia. Empecé a reír tanto que hasta me salieron lágrimas. La verdad que estos días Jim y yo habíamos recuperado el tiempo perdido. Teníamos unos cuántos restaurantes más en nuestra agenda. En mi opinión, el mejor: Restaurante La sirena. Uno de paellas muy marinero que nada más entrar te transporta al siglo pasado. Hueles a mar, ves colgadas las redes y te las imaginas llenas de moluscos que de ahí, pasarán directamente a la olla. Las sillas son de madera con el asiento de rejilla. Las mesas redondas y con los manteles de cuadros típicos de las abuelas españolas. Un encanto de sitio. No es comida de fusión, ni decoración minimalista. Pero tiene un alma y un “caliu” que te deja sin habla. Los platos son estupendos y creo que comí una de las mejores paellas que he probado nunca. Viniendo de mí es mucho mérito. Mi abuela, una española con mucho carácter montó allá por el año setenta y dos el primer restaurante de paellas en Nueva York. Así que aunque sea yanqui, tengo el paladar muy acostumbrado a este plato tan “tipical spanish” El primer restaurante español (en general) lo fundó Luís Fernández allá por el cuarenta y uno. Pero el de mi abuela es el primero exclusivo en paellas y marisco. Lo recalco porque con esto siempre hemos tenido problemas legales. Ya sabéis como funciona mi país, estornudas fuera dl pañuelo y te cae una denuncia.
-¿Preparada para pasar nuestro último día en este magnífico pueblo?- -No- confesé. No me quería marchar. Habían sido unos días inolvidables. Había hecho un tiempo estupendo para bañarnos, salir a pasear, bailar, charlar y comer. Sobre todo comer, degustar y beber habían sido nuestras actividades fetiches. Creo que me llevaba en la maleta unos kilos de más. Sinceramente, he viajado por muchos paraísos del mundo y hacía mucho tiempo que no me enamoraba de un rinconcito así. ¿Por qué no era tan fácil enamorarse de hombres como enamorarse de algunos lugares?
-¿Un mail?- - Lo miro yo y si no es del trabajo te lo dejo leer. Como hemos hecho todos estos días. A ver… Sergio nosequé... Menú degustación especial para clientes V.I.P… Gana platos gratis y demuestra que eres el mejor comensal de Barcelona… Ok te inscribo y por supuesto yo también como tu acompañante. Concurso de comida. Lo mejor para empezar una noche en Barcelona- -¿Sergio?, ¿qué haces? Devuélveme el móvil. Dejame. Quitaaa. Suelta.- -Hecho. El miércoles a las diez tenemos un concurso o nosequé en Un’Altra Storia. Un momento… ¿Sergio? ¿Un’Altra Storia? Ese es el chef italiano que tanto te gusta. Y te estás poniendo roja. Dios te gusta de verdad. Te gusta tanto que dejarías que metiera su polla por aquí- -Jim, por favor no me toques la vagina que tengo cuarenta y dos años- -Sergio y Beth. Pues sueña bien. Vamos a ver si tiene web el restaurante y miro la foto- - No, no que tú eres muy criticón con las camisas, los colores que son para el día y para la noche, los pantalones estrechos o anchos...-
Mientras tanto a dos horas largas más al sur:
Oh! Beth me ha contestado. Se ha apuntado a la reserva del nuevo menú degustación. Sonreí. Abrí la página y vi los datos, un momento… Será zorra, se ha apuntado con un tío. Jim se llama ese desgraciado. ¿Qué nombre es ese? No, si sus padres se creerán muy modernos en ponerle un nombre guiri. ¡Ostia si es neoyorquino! Dios, es Beth. Quiero decir es el novio de Beth. Joder, joder, joder. Soy un puto desgraciado. No voy a follar ni en diez años. En el tinder no me hacen puto caso, en mi lugar de trabajo me enamoro de dos y escojo la que tiene puto novio. Un novio yanqui que seguro que está mazado y yo que tengo una barriga como mi abuelo. Habrá un día que no me pueda abrochar los zapatos de la asquerosa barriga que tendré. Mírame, si soy clavadito a él. Puta genética. Me voy al gimnasio para hacer pesas.
-Buenos días jefe- dijo Gina.
-Encargate tú. Voy al gimnasio-
Tengo dos días para ponerme mazado y reventar al tonto ese. Beth es para mí. Joder con lo que me ha costado decidirme. Bueno ¿a quién quiero mentir? todavía no estaba decidido. Les he enviado la invitación a las dos y dije: a la primera que me responda. Pero ahora me sabe mal elegir a Érica. Sería como un segundo plato. Bueno segundo tampoco, porque a todo esto, no he catado a ninguna de las dos. Bueno que digo dos. Llevo tres meses sin follar. Eso es lo que me está volviendo loco. Tres meses. Eso es una barbaridad.
-Gina. Necesito que me prepares una cita. A ver si todas van a tener citas y novios menos yo. Érica cada día con uno. Beth con su estupendo novio de Nueva York y yo a dos velas. Pues por sus huevos que este semana follo. Que soy Sergio Rinaldi, coño. Que soy el puto mejor chef de Barcelona en cocina siciliana y sin follar. Gina. ¿Tú te lo crees? Porque yo no. A mi me pinchas y no sangro. Vamos hombre, un partidazo como yo, con mi casa, mi negocio, que lo mismo te hago un cunilingus que una lasagna…-
-Sergio. ¡Paraaaaa! Relájate y siéntate. ¿Ok? Y ahora empieza por el principio. ¿Qué te pasa?-