martes, 4 de febrero de 2020

Carnes y helado de te.


En cuánto entré al restaurante supe que la comida iría bien.  La madera lo envolvía todo. Esa madera gorda, rústica, que parece recién traída de un bosque de antaño. Donde cada árbol tiene su historia y en aquel restaurante se juntaban todas para hacer de éste local, único.
Las vigas de madera se unían a unas paredes blancas de gotelé. Las paredes no eran lisas, ni formaban un ángulo de noventa grados perfecto. Tenían ese toque curvo, que parecían pequeñas cuevas, y aprovechando la profundidad del local, creaban distintos reservados. Allí estaba nuestra mesa, como si pasases a una pequeña gruta dónde el mundanal ruido quedaba apartado de ti. No era el típico reservado con puertas o biombos. Estaba totalmente abierto, para que los camareros pudieran servir los platos con comodidad, pero por su estructura circular parecía que entrases en un mundo paralelo y así ausentarte del resto del restaurante.  
La mesa era redonda y amplia. Eso me conquistó. Los manteles eran de tela blanca y largos.  Una mesita auxiliar que pusieron a nuestro lado, acabó de definir todo, como una presentación casi perfecta. Al principio pensé “la mesa principal es suficientemente grande para utilizar la mesita auxiliar” pero al final le dimos uso, poniendo el pan, el vino, la botella de agua y todas esas pequeñas cosas que, normalmente te molestan, en esas ridículas mesas de los restaurantes de nuestra ciudad, que sólo quieren sobrecargar el espacio de su salón, para así tener más comensales y facturar mucho a fin de mes. Un auténtico horror.
Empezamos el festín con unos entrantes excelentes: Berenjena con foie, chips de alcachofa y una morcilla a la plancha. La berenjena estaba súper melosa.  El foie le daba un sabor que contrastaba perfectamente con el amargor de esta verdura. Los chips de alcachofas, ya son un clásico en casi todos los restaurantes de Barcelona. Si están doraditos y crujientes tienen mi aprobación. Éstos lo estaban. La morcilla es mi adicción. Yo provengo de una familia que nos encanta el cerdo. De hecho tengo tías en el pueblo que los crían y los matan. Siempre me he rodeado de costillitas, embutido, chorizo del bueno y esos alimentos no muy aptos para las personas con colesterol,  que siempre han convivido en mi nevera junto al limón pocho. Así que el tercer entrante me pareció sublime. Todo esto lo acompañamos de un vino Costers del Segre llamado Colom que le daba el equilibrio perfecto a los platos. El buqué de este vino era muy equilibrado. No era muy fuerte y el trago era fácil, luego te dejaba un regustillo a madera tan potente, como las vigas que nos vigilaban desde el techo.
Los segundos fueron la mar de correctos. Yo pedí un Bife a la brasa y me lo trajeron con el punto perfecto. Por dentro crudito y por fuera tostadito. El acompañamiento de la carne fue un poco sencillo. Unas verduritas cortadas en juliana y unas patatas fritas. Es época de setas, y hubiera preferido, una selección de hongos u otro acompañante un poco más original. El resto de los comensales se acabaron el plato así que debo suponer que estaba muy rico. El tártar de atún tenía una pinta buenísima y el solomillo con la reducción de Pedro Ximénez y foie, me entró por los ojos, y, sin duda, si vuelvo a este restaurante me lo pediré.
Las carnes son excelentes, cualquier carne que te pidas, ya sea a la plancha o guisada creo que es de calidad muy alta. Los camareros son muy atentos y muy serviciales. Se nota que les gusta su trabajo; son pulidos, rápidos, detallistas y te atienden a la perfección.  Los postres estaban a la altura del restaurante. Había los típicos postres caseros como “mel i mató” o “crema catalana” pero nosotros nos decidimos por una tarta que estaba hecha de té verde y un canelón relleno de queso idiazábal. Los postres fueron originales, con un contraste de sabores muy ricos y espléndidos. Odio cuando te ponen una bolita enana de helado y te cobran siete euros por ello. Yo, que nunca puedo irme de un restaurante sin probar el postre debo decir que estos me sorprendieron, ya que en un restaurante Brasería  de estilo catalán, que haya una tarta de té verde y un canelón de queso idiazábal denota clase y estilo por la repostería, provenga de donde provenga.
Conclusión: Volveré a esta taberna sin duda para probar otro vino de selección, tan rico como el que escogimos, acompañado del solomillo que en cuanto lo vi me hicieron los ojos chiribitas y la boca agua.  Y para finalizar diré que se abstengan los veganos de pisar el local, ya que como vean esas carnes mandan el vegetarianismo a freír espárragos. (Nunca mejor dicho).

No hay comentarios:

Publicar un comentario