En cuánto entré al restaurante supe que la comida iría bien. La madera lo envolvía todo. Esa madera gorda,
rústica, que parece recién traída de un bosque de antaño. Donde cada árbol
tiene su historia y en aquel restaurante se juntaban todas para hacer de éste
local, único.
Las vigas de madera se unían a unas paredes blancas de
gotelé. Las paredes no eran lisas, ni formaban un ángulo de noventa grados
perfecto. Tenían ese toque curvo, que parecían pequeñas cuevas, y aprovechando
la profundidad del local, creaban distintos reservados. Allí estaba nuestra
mesa, como si pasases a una pequeña gruta dónde el mundanal ruido quedaba
apartado de ti. No era el típico reservado con puertas o biombos. Estaba
totalmente abierto, para que los camareros pudieran servir los platos con
comodidad, pero por su estructura circular parecía que entrases en un mundo
paralelo y así ausentarte del resto del restaurante.
La mesa era redonda y amplia. Eso me conquistó. Los manteles
eran de tela blanca y largos. Una mesita
auxiliar que pusieron a nuestro lado, acabó de definir todo, como una presentación
casi perfecta. Al principio pensé “la mesa principal es suficientemente grande para
utilizar la mesita auxiliar” pero al final le dimos uso, poniendo el pan, el
vino, la botella de agua y todas esas pequeñas cosas que, normalmente te
molestan, en esas ridículas mesas de los restaurantes de nuestra
ciudad, que sólo quieren sobrecargar el espacio de su salón, para así tener más
comensales y facturar mucho a fin de mes. Un auténtico horror.
Empezamos el festín con unos entrantes excelentes: Berenjena
con foie, chips de alcachofa y una morcilla a la plancha. La berenjena estaba súper
melosa. El foie le daba un sabor que
contrastaba perfectamente con el amargor de esta verdura. Los chips de
alcachofas, ya son un clásico en casi todos los restaurantes de Barcelona. Si
están doraditos y crujientes tienen mi aprobación. Éstos lo estaban. La
morcilla es mi adicción. Yo provengo de una familia que nos encanta el cerdo.
De hecho tengo tías en el pueblo que los crían y los matan. Siempre me he rodeado de
costillitas, embutido, chorizo del bueno y esos alimentos no muy aptos para
las personas con colesterol, que siempre
han convivido en mi nevera junto al limón pocho. Así que el tercer entrante me pareció sublime. Todo esto lo
acompañamos de un vino Costers del Segre llamado Colom que le daba el
equilibrio perfecto a los platos. El buqué de este vino era muy
equilibrado. No era muy fuerte y el trago era fácil, luego te dejaba un
regustillo a madera tan potente, como las vigas que nos vigilaban desde el
techo.
Los segundos fueron la mar de correctos. Yo pedí un Bife a
la brasa y me lo trajeron con el punto perfecto. Por dentro crudito y por fuera tostadito. El acompañamiento de la carne fue un poco sencillo. Unas verduritas
cortadas en juliana y unas patatas fritas. Es época de setas, y hubiera
preferido, una selección de hongos u otro acompañante un poco más original. El
resto de los comensales se acabaron el plato así que debo suponer que estaba
muy rico. El tártar de atún tenía una pinta buenísima y el solomillo con la
reducción de Pedro Ximénez y foie, me entró por los ojos, y, sin duda, si vuelvo a
este restaurante me lo pediré.
Las carnes son excelentes, cualquier carne que te pidas, ya
sea a la plancha o guisada creo que es de calidad muy alta. Los camareros son
muy atentos y muy serviciales. Se nota que les gusta su trabajo; son pulidos,
rápidos, detallistas y te atienden a la perfección. Los postres estaban a la altura del
restaurante. Había los típicos postres caseros como “mel i mató” o “crema
catalana” pero nosotros nos decidimos por una tarta que estaba hecha de té
verde y un canelón relleno de queso idiazábal. Los postres fueron originales,
con un contraste de sabores muy ricos y espléndidos. Odio cuando te ponen una
bolita enana de helado y te cobran siete euros por ello. Yo, que nunca puedo
irme de un restaurante sin probar el postre debo decir que estos me sorprendieron,
ya que en un restaurante Brasería de estilo
catalán, que haya una tarta de té verde y un canelón de queso idiazábal denota
clase y estilo por la repostería, provenga de donde provenga.
Conclusión: Volveré a esta taberna sin duda para probar otro
vino de selección, tan rico como el que escogimos, acompañado del solomillo que
en cuanto lo vi me hicieron los ojos chiribitas y la boca agua. Y para finalizar diré que se abstengan los
veganos de pisar el local, ya que como vean esas carnes mandan el vegetarianismo a freír espárragos.
(Nunca mejor dicho).
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