Llegué al hotel pasadas las siete. Una ducha rápida, un maquillaje
ligero y a escoger el vestido que luciré en mi primera cita con
Barcelona. “Quiero estar guapa pero no demasiado elegante“ pensé
mientras me ponía la máscara de pestañas. Abrí mi armario y lo
busqué desesperadamente. Rojo, negro, blanco, azul… ¿Dónde
demonios está?. Entonces lo vi. La puntilla de la manga asomaba
entre la percha. Ahí está. Un bonito vestido que me había comprado
en el Soho por menos de veinte dólares. En una de esas tiendas de
saldo, que ojeas mientras contestas un mensaje y que no esperas
encontrar ni unos pendientes decentes. Reconozco que tuve suerte.
Entré, di un vistazo y lo vi. Estaba entre un mono plateado tipo
ABBA, y unos tejanos de country con flores bordadas en la pernera. Lo
saqué de esa horrible compañía. Era precioso. Azul marino de gasa,
con un doble forro para que no se transparentara nada. Tenía un
detalle muy delicado: por todo el cuello y mangas, acababa una
puntilla de hilo al tono. Absolutamente maravilloso. Descubrí un
pequeño cinturón de gasa para marcar más el cuerpo. Me enamoré.
Fui a los probadores y vi que me quedaba como un guante. El cinturón
era una idea genial. Yo no tenía la cintura muy marcada, así que
los modelos como éstos eran perfectos para mi figura. Hubiera pagado
más de cincuenta dólares por él, pero no hizo falta. Valía
diecinueve con noventa. Hoy, en esta habitación de hotel, me sentí
tan especial con él como el primer día que me lo puse. Recuerdo con
melancolía esa noche. Había quedado con Jim, mi muy mejor amigo.
Fuimos a cenar Buddakan, un restaurante que nos encanta. Comida
oriental buenísima: yo me quedo con el dim sum y los noodles. Hay un
menú degustación sorpresa que está exquisito; nosotros lo pedimos
en los días especiales. Como cumpleaños, finales de doctorado o
cuando nos apetece darnos un capricho. La verdad que a Jim y a mí,
no nos hace falta mucha excusa para darnos un festín. Se me escapa
una sonrisa al recordar esa noche. Jim es tan bruto que se comió
toda la salsa picante; qué cara se le quedó cuando iba notando como
le subía el calorcillo por la garganta… Echo mucho de menos a Jim.
Espero encontrar un piso pronto y poder recibir la visita de mi tan
añorado amigo.
Con
ese sentimiento me subí al taxi. Observé como Barcelona se iba
apagando. La mayoría de los negocios estaban recogiendo y cerraban
su jornada laboral. Se oían llaves girando, cubos de la basura
descargando, coches que arrancaban y mucho tráfico. Los semáforos,
el bullicio de la gente, el traqueteo de carros de los bebés,
lloros, suspiros y risas. Unas personas se iban a sus casas a
descansar, las otras salían con una energía renovada y ganas de
comerse la noche. Chicas con tacones y labios rojos, chicos peinados,
con camisa y pantalones de vestir. Parejas mayores cogiditas de la
mano, paseando por las mismas calles que veinte años atrás. Señores
de sesenta con traje y corbata, dispuestos a encontrar a alguien, a
quien contarle sus batallitas, mientras disfrutan de los últimos
rayos de sol. La ciudad a esta hora daba un cambio. Barcelona se
llenaba de gente feliz, dispuesta a cerrar un negocio, enamorarse,
charlar o sentarse en una terraza y empezar a disfrutar de sí misma.
Y ahí me encontraba yo. Dispuesta a aceptar y disfrutar lo que la
noche tenía reservado para mí.
Las
personas que no hemos vivido nunca en España alucinamos con sus
horarios. La hora estándar de las cenas suele ser entre las nueve y
las diez. El día se alarga mucho y con eso también el trabajo. Si
lo contamos por horas laborales más o menos son las mismas, pero
aquí se duerme menos. Después del trabajo se va al gimnasio, hacen
la compra y alguna lavadora, se toman una caña con los amigos o se
acicalan para ir a cenar con alguien especial. Si salen a cenar
después se van a tomar un cóctel o se van al cine o se acuestan con
alguien… Total que un español medio se va a dormir cada día entre
las doce y la una de la madrugada. No me extraña que el fin de
semana aprovechen para descansar y duerman doce horas seguidas. Creo
que muy sano para el organismo no es. Lo que no se puede negar, es
que en un día, puedes vivir miles de aventuras. Y eso es lo que hizo decidirme a dar el paso y aceptar la oferta. Creo que mi vida
siempre ha sido muy cuadrada y rígida. Con unos horarios muy
marcados y todo demasiado organizado. Aquí, en Barcelona, voy a
intentar vivir como ellos. Pensar menos y sentir más.
Antes
de venir, investigué sobre sus horarios y costumbres. Mi padre no me
aportó mucha información. Realmente él, había pasado muy poco
tiempo en España. Su madre emigró cuando el general Franco se hizo
dictador de su país. Se fue en un barco de polizonte hasta el Reino
Unido. En esa época, una niña de a penas doce años era muy
indefensa. Birmingham fue la ciudad que le acogió. Llegó allí en
el 1941, en medio de la segunda Guerra Mundial. Imaginaos el
infierno. Mi abuela que emigra para ir a un lugar mejor y se
encuentra de narices con la Batalla de Inglaterra. Los alemanes
querían entrar por el canal de la Mancha y conquistar todo el Reino
Unido. En el cuarenta y tres los ingleses los derrotaron. Creo que en
esos dos años mi abuela creció de golpe. Ni mi padre, ni nadie de
la familia, sabe lo que hizo en ese período. Si nunca ha hablado de
ello, supongo que son cosas horribles. De pequeña imaginaba
auténticas barbaridades: vender órganos para poder comer, robar,
prostituirse, pertenecer a un secta de asesinos en serie, mendigar,
estar en un campo de concentración… Nunca lo sabremos, se llevó
sus historias a la tumba. Lo único que sé, es que tuvo que dejar de
ser niña y convertirse en mujer simplemente para sobrevivir.
Birmingham, en esos años fue bombardeada, quemada, se destruyó la
universidad, galerías de arte, el ayuntamiento, la catedral. Lo
único que decía mi abuela es que recordaba dos fechas clave. El 23
de abril de 1943 fue el último bombardeo leve que sufrió la ciudad.
Cayeron dos bombas pero no causó daños graves. Y la del 15 de mayo
de 1944 fue la última vez que sonó la sirena de incursión aérea.
Ese silencio posterior significaba la paz. El final de la guerra
llegó un año después. La gente salía a las calles con júbilo y
una alegría, que muchos niños, ni siquiera habían llegado a sentir
nunca. Se acabó el miedo y la represión, se acabaron las bombas y
las muertes; en ese momento, mi abuela, solo recordaba risas y buen
humor.
Pasados
los años duros, la historia de mi abuela se endulza. Conoce al amor
de su vida (un auténtico caballero inglés, de esos que llevan
pajarita, sombrero y paraguas en el antebrazo). Se enamoran, se casan
y viven en una casita en Birmigham, hasta que ella, se queda
embarazada. Vuelven a España, nace mi padre y están diez años con
la familia de mi abuela. Charles, mi querido Lord inglés se enamora
de Andalucía; pero ve a su familia política como unos incultos,
machistas, anticuados y demasiado conformistas para poder sobrevivir;
Rocío, mi abuela, reconoce que siempre han sido así. Por eso no se
enfadó, cuando le empaquetaron en un barco y la enviaron, sola, a
miles de kilómetros. Creía que ella misma se apañaría mejor que
con sus familiares. Siempre decía: “si mis padres hubiesen llegado
a Birmigham en vez de yo, hubieran muerto a los tres días.“ Rocío
siempre pensó que era recogida de la calle, adoptada, o directamente
la hija del vecino; ya que mentalmente nunca tuvo nada que ver con
sus raíces. Ella quería seguir descubriendo el mundo, ahora tenía
un chiquillo que tenía que educar, criar y procurarle un futuro con
oportunidades. Y en un pueblo de la Andalucía profunda, allá por el
cincuenta y dos, no era el paraje soñado para criar a un chaval. La
economía estaba en recesión, una de las devastadoras consecuencias
de la guerra. Los padres de mi abuela casi no tenían nada.
Estuvieron diez años durmiendo en la misma cama los tres; y aunque
querían mucho a la familia, y a mi bisabuela (mujer madraza donde
las haya) se le rompía el corazón al volver a perder a su hija y a
su nieto; vieron que no era viable seguir malviviendo de aquella
manera. Así que un mes de setiembre del 60 cogieron tres maletas y
se fueron a vivir el gran sueño americano. Me los imagino llegando a
Nueva York, con la mismas ganas y la misma ilusión que sentí yo al
aterrizar en Barcelona, pero bastantes años antes. En una tierra,
que según decían, estaba llena de sueños. Allí había gente de
todas las razas, nacionalidades, religiones y todos compartían las
mismas ilusiones, los mismos problemas y a veces el mismo techo ¿No
os emociona? ¿No os pone la piel de gallina? Creo que mis abuelos
son las personas más valientes del mundo. Bueno, eran. Tuvieron una
vida alucinante, tantos viajes, guerras, emigración, buscar una vida
mejor, equivocarse, caer, ser feliz, sentirse solo, luchar y ganar.
Debemos aprender mucho del legado de estas personas. De esta
generación. Sin tener nada, salvaron el mundo. Sin tener nada
construyeron sus vidas. ¿No os parece fascinante?
Giré
la cabeza y vi como la pastelería Canals cerraba sus puertas. Había
comido muy bien. La recomendación de Miguel había sido muy
acertada. Me salió una carcajada. “La chica del cruasán” pensé.
La verdad que había sido una entrevista muy divertida. Estaba algo
loca. Sus respuestas eran muy originales, inteligentes y rápidas. En
los test psicotécnicos había dado un ciento veinte. La nota más
estándar era un cien. Con esto sabemos que es una chica
inteligente, eso me gustaba. Tendré que examinar mis notas para ver
si por criterios estrictamente laborales puede pasar a la segunda
entrevista. Creo recordar que le faltaban conocimientos de
informática (ni siquiera conocía el programa que utilizamos, y os
aseguro que es bastante estándar). Y le faltaba mucho inglés. Lo
que habló conmigo era una mezcla de spanglish del Bronx mezclado con
latino del reggaeton. Pero todas sus carencias las llenaba con su
carisma, su sonrisa y su mirada que iba directamente a los ojos de
quién le escuchaba. Una chica muy peculiar. Encontrármela en la
comida fue una casualidad agradable. Creo que se puso un poco
nerviosa. Pobre, venía a relajarse tranquilamente y se encuentra a
la que podría ser su nueva jefa. Adoré la forma tan pasional de
cómo se comía el cruasán. Podría ser un anuncio. Ella comiendo
algo con ese entusiasmo, esa cara de felicidad, degustándolo y
disfrutando. Sea lo que fuera que se comiera así, la gente lo
probaría seguro. Creo que en eso somos muy parecidas. Comer es mi
delirio. Puedo pasar un día sin ducharme, sin tomarme una cerveza,
sin maquillarme, puedo pasar un día sin levantarme de la cama, pero
sin disfrutar de la comida. Nunca. Recuerdo solo una vez, que por
motivos laborales no pude comer nada en todo el día. A la hora de la
comida hicimos una reunión de urgencia, a media tarde teníamos un
cóctel importante y todos teníamos que ir a cambiarnos; y ese
cóctel, muy a mi pesar, acabó en un baile por el Soho, con tanto
alcohol, que el director podría haber vendido la empresa a Japón
por un solo yen. Menos mal que no lo hizo… En cuanto llegué a mi
apartamento me pegué una ducha y me puse a comer casi todo lo que
encontré. Me hice un desayuno con tostadas, café, fruta, cereales,
zumo, huevos revueltos con bacon, jamón de bellota, chorizo ibérico
y algo de embutido “del bueno” que encontré en una tienda
Española del Little Italy. Despaña creo recordar que se llamaba el
comercio. Comí, bebí, disfruté y después dormí casi todo el día.
No recuerdo ningún día peor que aquel. Me quitan la comida y me
quitan el alma.
- Señorita, ya hemos llegado. - - Perfecto, gracias. Aquí tiene. -
- De nada, a usted. Disfrute de la cena. - - Lo haré, no lo dude. -
Bajé del taxi, abrí la puerta y me dispuse a disfrutar de mi noche
Siciliana.
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