miércoles, 27 de mayo de 2020

Un' Altra storia de Beth

Llegué al hotel pasadas las siete. Una ducha rápida, un maquillaje ligero y a escoger el vestido que luciré en mi primera cita con Barcelona. “Quiero estar guapa pero no demasiado elegante“ pensé mientras me ponía la máscara de pestañas. Abrí mi armario y lo busqué desesperadamente. Rojo, negro, blanco, azul… ¿Dónde demonios está?. Entonces lo vi. La puntilla de la manga asomaba entre la percha. Ahí está. Un bonito vestido que me había comprado en el Soho por menos de veinte dólares. En una de esas tiendas de saldo, que ojeas mientras contestas un mensaje y que no esperas encontrar ni unos pendientes decentes. Reconozco que tuve suerte. Entré, di un vistazo y lo vi. Estaba entre un mono plateado tipo ABBA, y unos tejanos de country con flores bordadas en la pernera. Lo saqué de esa horrible compañía. Era precioso. Azul marino de gasa, con un doble forro para que no se transparentara nada. Tenía un detalle muy delicado: por todo el cuello y mangas, acababa una puntilla de hilo al tono. Absolutamente maravilloso. Descubrí un pequeño cinturón de gasa para marcar más el cuerpo. Me enamoré. Fui a los probadores y vi que me quedaba como un guante. El cinturón era una idea genial. Yo no tenía la cintura muy marcada, así que los modelos como éstos eran perfectos para mi figura. Hubiera pagado más de cincuenta dólares por él, pero no hizo falta. Valía diecinueve con noventa. Hoy, en esta habitación de hotel, me sentí tan especial con él como el primer día que me lo puse. Recuerdo con melancolía esa noche. Había quedado con Jim, mi muy mejor amigo. Fuimos a cenar Buddakan, un restaurante que nos encanta. Comida oriental buenísima: yo me quedo con el dim sum y los noodles. Hay un menú degustación sorpresa que está exquisito; nosotros lo pedimos en los días especiales. Como cumpleaños, finales de doctorado o cuando nos apetece darnos un capricho. La verdad que a Jim y a mí, no nos hace falta mucha excusa para darnos un festín. Se me escapa una sonrisa al recordar esa noche. Jim es tan bruto que se comió toda la salsa picante; qué cara se le quedó cuando iba notando como le subía el calorcillo por la garganta… Echo mucho de menos a Jim. Espero encontrar un piso pronto y poder recibir la visita de mi tan añorado amigo.


Con ese sentimiento me subí al taxi. Observé como Barcelona se iba apagando. La mayoría de los negocios estaban recogiendo y cerraban su jornada laboral. Se oían llaves girando, cubos de la basura descargando, coches que arrancaban y mucho tráfico. Los semáforos, el bullicio de la gente, el traqueteo de carros de los bebés, lloros, suspiros y risas. Unas personas se iban a sus casas a descansar, las otras salían con una energía renovada y ganas de comerse la noche. Chicas con tacones y labios rojos, chicos peinados, con camisa y pantalones de vestir. Parejas mayores cogiditas de la mano, paseando por las mismas calles que veinte años atrás. Señores de sesenta con traje y corbata, dispuestos a encontrar a alguien, a quien contarle sus batallitas, mientras disfrutan de los últimos rayos de sol. La ciudad a esta hora daba un cambio. Barcelona se llenaba de gente feliz, dispuesta a cerrar un negocio, enamorarse, charlar o sentarse en una terraza y empezar a disfrutar de sí misma. Y ahí me encontraba yo. Dispuesta a aceptar y disfrutar lo que la noche tenía reservado para mí.

Las personas que no hemos vivido nunca en España alucinamos con sus horarios. La hora estándar de las cenas suele ser entre las nueve y las diez. El día se alarga mucho y con eso también el trabajo. Si lo contamos por horas laborales más o menos son las mismas, pero aquí se duerme menos. Después del trabajo se va al gimnasio, hacen la compra y alguna lavadora, se toman una caña con los amigos o se acicalan para ir a cenar con alguien especial. Si salen a cenar después se van a tomar un cóctel o se van al cine o se acuestan con alguien… Total que un español medio se va a dormir cada día entre las doce y la una de la madrugada. No me extraña que el fin de semana aprovechen para descansar y duerman doce horas seguidas. Creo que muy sano para el organismo no es. Lo que no se puede negar, es que en un día, puedes vivir miles de aventuras. Y eso es lo que hizo decidirme a dar el paso y aceptar la oferta. Creo que mi vida siempre ha sido muy cuadrada y rígida. Con unos horarios muy marcados y todo demasiado organizado. Aquí, en Barcelona, voy a intentar vivir como ellos. Pensar menos y sentir más.

Antes de venir, investigué sobre sus horarios y costumbres. Mi padre no me aportó mucha información. Realmente él, había pasado muy poco tiempo en España. Su madre emigró cuando el general Franco se hizo dictador de su país. Se fue en un barco de polizonte hasta el Reino Unido. En esa época, una niña de a penas doce años era muy indefensa. Birmingham fue la ciudad que le acogió. Llegó allí en el 1941, en medio de la segunda Guerra Mundial. Imaginaos el infierno. Mi abuela que emigra para ir a un lugar mejor y se encuentra de narices con la Batalla de Inglaterra. Los alemanes querían entrar por el canal de la Mancha y conquistar todo el Reino Unido. En el cuarenta y tres los ingleses los derrotaron. Creo que en esos dos años mi abuela creció de golpe. Ni mi padre, ni nadie de la familia, sabe lo que hizo en ese período. Si nunca ha hablado de ello, supongo que son cosas horribles. De pequeña imaginaba auténticas barbaridades: vender órganos para poder comer, robar, prostituirse, pertenecer a un secta de asesinos en serie, mendigar, estar en un campo de concentración… Nunca lo sabremos, se llevó sus historias a la tumba. Lo único que sé, es que tuvo que dejar de ser niña y convertirse en mujer simplemente para sobrevivir. Birmingham, en esos años fue bombardeada, quemada, se destruyó la universidad, galerías de arte, el ayuntamiento, la catedral. Lo único que decía mi abuela es que recordaba dos fechas clave. El 23 de abril de 1943 fue el último bombardeo leve que sufrió la ciudad. Cayeron dos bombas pero no causó daños graves. Y la del 15 de mayo de 1944 fue la última vez que sonó la sirena de incursión aérea. Ese silencio posterior significaba la paz. El final de la guerra llegó un año después. La gente salía a las calles con júbilo y una alegría, que muchos niños, ni siquiera habían llegado a sentir nunca. Se acabó el miedo y la represión, se acabaron las bombas y las muertes; en ese momento, mi abuela, solo recordaba risas y buen humor.

Pasados los años duros, la historia de mi abuela se endulza. Conoce al amor de su vida (un auténtico caballero inglés, de esos que llevan pajarita, sombrero y paraguas en el antebrazo). Se enamoran, se casan y viven en una casita en Birmigham, hasta que ella, se queda embarazada. Vuelven a España, nace mi padre y están diez años con la familia de mi abuela. Charles, mi querido Lord inglés se enamora de Andalucía; pero ve a su familia política como unos incultos, machistas, anticuados y demasiado conformistas para poder sobrevivir; Rocío, mi abuela, reconoce que siempre han sido así. Por eso no se enfadó, cuando le empaquetaron en un barco y la enviaron, sola, a miles de kilómetros. Creía que ella misma se apañaría mejor que con sus familiares. Siempre decía: “si mis padres hubiesen llegado a Birmigham en vez de yo, hubieran muerto a los tres días.“ Rocío siempre pensó que era recogida de la calle, adoptada, o directamente la hija del vecino; ya que mentalmente nunca tuvo nada que ver con sus raíces. Ella quería seguir descubriendo el mundo, ahora tenía un chiquillo que tenía que educar, criar y procurarle un futuro con oportunidades. Y en un pueblo de la Andalucía profunda, allá por el cincuenta y dos, no era el paraje soñado para criar a un chaval. La economía estaba en recesión, una de las devastadoras consecuencias de la guerra. Los padres de mi abuela casi no tenían nada. Estuvieron diez años durmiendo en la misma cama los tres; y aunque querían mucho a la familia, y a mi bisabuela (mujer madraza donde las haya) se le rompía el corazón al volver a perder a su hija y a su nieto; vieron que no era viable seguir malviviendo de aquella manera. Así que un mes de setiembre del 60 cogieron tres maletas y se fueron a vivir el gran sueño americano. Me los imagino llegando a Nueva York, con la mismas ganas y la misma ilusión que sentí yo al aterrizar en Barcelona, pero bastantes años antes. En una tierra, que según decían, estaba llena de sueños. Allí había gente de todas las razas, nacionalidades, religiones y todos compartían las mismas ilusiones, los mismos problemas y a veces el mismo techo ¿No os emociona? ¿No os pone la piel de gallina? Creo que mis abuelos son las personas más valientes del mundo. Bueno, eran. Tuvieron una vida alucinante, tantos viajes, guerras, emigración, buscar una vida mejor, equivocarse, caer, ser feliz, sentirse solo, luchar y ganar. Debemos aprender mucho del legado de estas personas. De esta generación. Sin tener nada, salvaron el mundo. Sin tener nada construyeron sus vidas. ¿No os parece fascinante?

Giré la cabeza y vi como la pastelería Canals cerraba sus puertas. Había comido muy bien. La recomendación de Miguel había sido muy acertada. Me salió una carcajada. “La chica del cruasán” pensé. La verdad que había sido una entrevista muy divertida. Estaba algo loca. Sus respuestas eran muy originales, inteligentes y rápidas. En los test psicotécnicos había dado un ciento veinte. La nota más estándar era un cien. Con esto sabemos que es una chica inteligente, eso me gustaba. Tendré que examinar mis notas para ver si por criterios estrictamente laborales puede pasar a la segunda entrevista. Creo recordar que le faltaban conocimientos de informática (ni siquiera conocía el programa que utilizamos, y os aseguro que es bastante estándar). Y le faltaba mucho inglés. Lo que habló conmigo era una mezcla de spanglish del Bronx mezclado con latino del reggaeton. Pero todas sus carencias las llenaba con su carisma, su sonrisa y su mirada que iba directamente a los ojos de quién  le escuchaba. Una chica muy peculiar. Encontrármela en la comida fue una casualidad agradable. Creo que se puso un poco nerviosa. Pobre, venía a relajarse tranquilamente y se encuentra a la que podría ser su nueva jefa. Adoré la forma tan pasional de cómo se comía el cruasán. Podría ser un anuncio. Ella comiendo algo con ese entusiasmo, esa cara de felicidad, degustándolo y disfrutando. Sea lo que fuera que se comiera así, la gente lo probaría seguro. Creo que en eso somos muy parecidas. Comer es mi delirio. Puedo pasar un día sin ducharme, sin tomarme una cerveza, sin maquillarme, puedo pasar un día sin levantarme de la cama, pero sin disfrutar de la comida. Nunca. Recuerdo solo una vez, que por motivos laborales no pude comer nada en todo el día. A la hora de la comida hicimos una reunión de urgencia, a media tarde teníamos un cóctel importante y todos teníamos que ir a cambiarnos; y ese cóctel, muy a mi pesar, acabó en un baile por el Soho, con tanto alcohol, que el director podría haber vendido la empresa a Japón por un solo yen. Menos mal que no lo hizo… En cuanto llegué a mi apartamento me pegué una ducha y me puse a comer casi todo lo que encontré. Me hice un desayuno con tostadas, café, fruta, cereales, zumo, huevos revueltos con bacon, jamón de bellota, chorizo ibérico y algo de embutido “del bueno” que encontré en una tienda Española del Little Italy. Despaña creo recordar que se llamaba el comercio. Comí, bebí, disfruté y después dormí casi todo el día. No recuerdo ningún día peor que aquel. Me quitan la comida y me quitan el alma.

- Señorita, ya hemos llegado. - - Perfecto, gracias. Aquí tiene. - - De nada, a usted. Disfrute de la cena. - - Lo haré, no lo dude. -

Bajé del taxi, abrí la puerta y me dispuse a disfrutar de mi noche Siciliana.

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