Cuando llegué a casa de mis padres, me di cuenta que hacía más de
un mes que no iba a verlos. En este país, hay mucha tradición de
ver a la familia una vez por semana. Como se suele decir “Los
domingos toca ir a casa de la suegra” o si eres soltero, a casa de
los padres. Pero yo no era así. Realmente iba cuando me apetecía.
Ya podía ser, una vez por semana, una vez al día o una vez al mes.
Siempre he creído que los padres no son ninguna obligación, y eso
de ir a verlos porque toca, nunca ha ido conmigo.
Entré
rauda y veloz y fui directa al armario de mamá. Busqué unos
pantalones negros y una camisa blanca. Agradecía, que mi señora
madre, usase la misma talla que yo. Me lo probé todo. Me miré al
espejo. Genial. Solo falta una toque de maquillaje y unos tacones.
Salí de casa justo cuando ellos entraban.
-
Hola mamá, hola papá-
-
Érica pero ¿dónde vas tan corriendo?-
-
Tengo una entrevista de trabajo. Una de verdad. En una oficina. ¿Os
imagináis, yo trabajando de lunes a viernes? “La señora Potts
está de viaje, no podrá recibir a nadie hasta la semana que viene.-
Dije poniendo la característica voz de una secretaria.-
-¿Señora Potts? Hija, tu obsesión con la Bella y la Bestia llega a
límites insospechados…. - Dijo mi madre levantando la ceja.
- Llámanos luego. Suerte.- dijo mi padre con su voz amable pero a la
vez seria y formal.
Mi padre es un Señor, Señor. El típico que lleva traje y corbata
excepto cuando va de sport. En esas ocasiones, su vestimenta la
componen, unos náuticos y sus representativos pantalones de pinza.
Siempre trata a las mujeres con elegancia, y creo que se ha ganado
varias veces, el título de caballero; (un título imaginario en mi
cabeza, que ningún chico se han merecido, todavía.) Si viviéramos
en Inglaterra, seguro que le darían la mención de Sir. Cuando voy
con mi padre, nunca tengo que pagar nada. Cuando damos un paseo me
siento protegida y cuidada, ya que aún, me saca bastante altura y al
poner su brazo en mi hombro, me da la sensación de que nada malo, me
pasará, nunca. Le encanta mimar, sobre todo a mi madre; le trae
flores de vez en cuando, algún regalo inesperado y le hace muchas
sorpresas: entradas para el teatro, cenas, viajes… Pero sin duda,
el rasgo que más me gusta de él, es que disfruta en los
restaurantes tanto como yo. Podríamos estar horas y horas comiendo y
para nosotros, que hubieran pasado, como cinco minutos. De hecho,
hemos vivido esta situación varias veces. En una ocasión, la dueña
un poco cabreada, salió de detrás de la barra diciendo, con muy
mala leche, que estaban cerrando; y nosotros sin saber, que habían
pasado más de tres horas, desde que nos habíamos sentado a comer...
Esta situación, mi querido padre siempre la arregla, dejando una
abundante propina debajo de sus más sinceras disculpas. Con un
progenitor así, imaginaréis, que mis expectativas con los hombres,
son tremendamente altas.
Llegué a la entrevista bastante nerviosa. Creo que nunca había
hecho una de administrativa. Para que me concedieran esta
oportunidad, tuve que mentir en el currículum, obviamente. Puse que
había hecho el trabajo años antes, que tenía varios cursos de
ofimática y que estaba preparadísima para el puesto. Total, no creo
que sea tan grave adornar un poco tu carta de presentación.
A las once en punto, nos hicieron pasar a una sala que me recordó
vagamente al colegio. Pupitres, bolis, lápices… ¿Pero qué es
esto?. Primero tuvimos que hacer un test psicotécnico. Yo, que en mi
vida he hecho exámenes para acceder a ningún puesto de trabajo, me
pareció, que después de éste, podría ser mínimo, presidenta de
la compañía. Era una prueba de lógica, calculo, ortografía…
Ufff! Fue un poco duro, pero creo que me salió genial. En mi época
de estudiante era muy aplicada así que mi mente se teletransportó y
creo que mis neuronas estuvieron a la altura.
El siguiente paso fue una dinámica de grupo. Éso me pareció
curioso. Nunca había hecho una, y fue muy divertida. Supongo, que
con esta técnica, pueden vislumbrar las personas más apasionadas,
más tímidas, las que son más pacíficas, o las que quieren ser
líderes en potencia. Yo, al principio no hablé mucho, pero después
me animé y la pasión me salía a borbotones. Pensé que si no me
daban el puesto, al menos había pasado una mañana entretenida. Miré
el reloj, llevaba dos horas y media aquí… Vaya, un poco más y les
puedo pedir cobrar por un día de trabajo. La última fase fue una
entrevista personal con la que sería mi jefa. Era una persona un
poco más mayor que yo, pero no creo que más de cinco años. Guapa,
pelo a media melena y súper bien cortado. Se le veía una persona
elegante, y de las que siempre intenta tener la razón. Hablaba un
español algo raro, con acento americano, creo. Me hizo varias
preguntas trampas, pero las contesté a todas correctamente; lo que
más me impactó de ella, es que estoy segura, que si me dieran el
puesto, seríamos buenas amigas. Noté que se sentía sola y que
necesitaba a alguien con quien hablar. Lo primero que haría sería
llevarla de compras. Vestía unas botas muy sofisticadas pero
bastante mal combinadas con la falda. Se veía que le gustaba la
moda, pero en la sangre tenía ese estilo yankee, que tanto
criticamos los europeos. Me pregunto: ¿podrían contratarme como su
estilista? Creo que una mujer u hombre bien vestido, en una reunión
o en un súper negocio de billones de dólares, tiene muchas más
posibilidades de éxito que uno que no. La gente, confía mucho más,
en las personas que saben combinar los colores y las prendas que en
las que no. Yo nunca le compraría acciones a una persona que combina
trajes de colores fríos con zapatos marrones. Si no sabe distinguir
ese básico de la moda, ¿cómo va a saber dónde invertir mi dinero?
La elegancia y el saber vestir es una cuestión de actitud. Y yo,
nunca, la paso por alto.
Acabé la entrevista sintiéndome muy orgullosa. Llevaba quince años
siendo maltratada en el mundo del comercio y la libertad de poder
dedicarme a un trabajo diferente me hacía feliz. Hoy me había
ganado un capricho. Salí del elegante edificio, situado en la
avenida Diagonal, y fui subiendo hasta Francesc Macià. Giré a la
derecha y allí estaba: La pastelería Canal. Era prestigiosa,
imponente y carísima; pero sus cruasanes habían ganado el primer
premio del concurso el año anterior en Barcelona. La gente hacía
cola para probarlos. Yo, como buena gourmet, ya los había
descubierto años antes. Empezaron con la fama, la primera vez que se
presentaron al concurso, allá por el 2016. Pero cuando ganaron el
año pasado la gente se volvió loca. La notoriedad de sus pastas
hacían de esta adorable panadería un infierno de grupis del
cruasán. Todavía se podía ir. Pero estaba segura, que en cuanto
saliera en alguna guía de la ciudad, se llenaría de japoneses
haciendo fotos y engordando por el hojaldre de sus deliciosas pastas.
En eso pensaba cuando me senté en una mesa de mármol. Apoyé mi
bandeja y me dispuse a disfrutar de mi comida demasiado insana pero
merecidísima. Me quité la americana de mamá. No podía manchársela
de chocolate. Me mataría. Mierda, la camisa también. Cogí unas
cuántas servilletas de papel y me las puse como si fuera un babero.
Podría ser cutre, y si en estos momentos entrase por la puerta un
chico guapísimo, me moriría de vergüenza, pero prefiero perder un
ligue, que hacer enfadar a mi madre. Le di un bocado bastante
grande. Noté la suavidad del hojaldre y la cremosidad del cacao en
mi boca. Dios, estaba tremendo. Punto exacto de cocción, cantidad de
chocolate perfecta. Ni demasiado dulce, ni demasiado seco… mmm
ideal. No me extraña que le hubiesen dado el premio al mejor cruasán
de Barcelona 2019. Abrí los ojos y noté que alguien me miraba. Giré
la cabeza como si fuera la cámara de una película y allí estaba
ella. La mujer de la entrevista. La yankee de botas bonitas. ¿En
serio? Empezamos mal si mi jefa me va a controlar hasta lo que como…
Moví la cabeza haciendo un gesto de “eh! ¿Cómo va eso?” Y ella
hizo un gesto con los dedos como saludándome. Se fue al mostrador y
pidió unos canapés: uno de kiwi con gambas y otro de butifarra
blanca con manzana. Probó También unos miñones de ibérico y otro
de tortilla de patatas, regándolo todo, con una copa de vino tinto
(Ribera del Duero) y un agua fría. Me encanta esta tía. Yo podría
ser ella, si tuviera su pasta. ¿Debería acercarme a hablar? No.
¿Qué le voy a decir? Ella va en taxi y yo no tengo ni para el
metro. Ella saca su Américan Express y yo he tenido que rebuscar en
mi bolso unas monedas para poder pagar el cruasán. Ella lleva unas
botas de doscientos euros y yo… Reconozco que hoy llevo zapatos de
firma, pero fueron un regalo de.. ¿Fran? ¿Manu? Ah no, no. Jordi.
Fue mi cumple, sus padres tienen una zapatería en el centro y yo…
¡Adoro los zapatos de marca! Un pequeño regalo, por unos meses de
nefasta relación, que ambos sabíamos que no iba a ninguna parte.
Pero siempre lo recordaré por estos zapatos...
Me acerqué a ella, ya que tenía que pasar por su lado para ir al
lavabo.
- Disfruta de la comida.- Le dije con una sonrisa.
- ¿Tú solos comes el cruasán?-
-
Sí, es que estoy de régimen… - Seré gilipollas. Me he metido 400
k/calorías y estoy de régimen...Ahora sí que no me contrata. - Es
una broma… - dije rápidamente intentándolo arreglar. -
- ¿Vives por aquí? -
- ¿Vives por aquí? -
-
Eh… No. - Tengo que hacer 3 transbordos
para llegar… pensé.
-
Bueno, el proceso de entrevistas está cerrado. Así que si pasas a
la segunda fase te llamaremos en breve. Suerte.-
-
Gracias.-
Salí
corriendo de allí. Me
estaba poniendo muy nerviosa. No
quería meter más la pata. Mierda. Bajé la cabeza y me di cuenta
que había estado hablando con la que podría haber sido mi jefa,
(ahora seguro que ya no),
con mi babero de papel… Dios, ¿Cómo podría ser tan idiota?. Cogí
el metro de vuelta a mi casa. Estaba cansada de intentar ser alguien
mejor. Estaba harta del
“todo saldrá bien.”
¿A quién quiero engañar? Soy
una chica de treinta y cinco años, con una notable adicción a los
cruasanes de chocolate y a
los zapatos caros. Nunca
dejaría de trabajar en sitios cutres, por mil euros, atendiendo a
abuelitas que están al borde de la muerte, y que su única afición
en la vida, es hablar un rato, con la “nena” esa tan amable, de
la tienda de la esquina. Cuanto antes me hiciera a la idea, mejor.
Pensé
un rato en cómo animar mi noche. No había nada mejor que
darme el segundo capricho del día. Una botella de vino Jean Leon y
un magnífico plato de pasta, hecho con mi súper máquina. Sé que
no iba a cambiar mi vida, pero la pasta y el vino me daban una visión
un poco más positiva de
mi existencia. Eran
mi Paulo Coelho, mi pastillita rosa de la felicidad. Cocinar y
disfrutar de la pasta sería, mi segundo momento más feliz en el día
de hoy. El primer premio, se lo había llevado el cruasán. Aún
notaba el saborcillo del chocolate en mi boca cuando llegué a casa.
Habían pasado dos horas y el sabor aún perduraba como si de un buen
perfume se tratase. Sin duda, se merecían el primer premio. ¿Cómo
algo tan sencillo podría ser tan bueno? ¿Podría
ser yo algún día como ese cruasán, sencilla, pero importante?
Descorché
la botella de vino y me negué a pensar en eso. La pasta me esperaba,
y aún tenía que decidir con qué salsa hacerla. ¿Alguna idea?.
No hay comentarios:
Publicar un comentario