jueves, 9 de septiembre de 2021

Beth de Calcuta.

Cerré los ojos, inspiré, puse la mente en blanco y me decidí a disfrutar de aquella magnífica noche. Jim estaba guapísimo. Se había puesto un traje informal con camisa blanca de cuello mao y sin corbata. El color del traje era azul noche, un punto más oscuro que el marino, pero sin llegar a ser negro. Era su color fetiche, ya que con su piel blanca y sus ojos casi grises parecía un Lord inglés. Aunque su pronunciado acento americano y su pasión por la NBA le delataban como auténtico yankee.


A dos mesas de mí se sentó Érica, con una chica muy alegre. Llevaban vestidos sin firma pero con un desparpajo y una dulzura que podían haber sido de MaisonCléo. Los acompañaban con complementos de bisutería y unos zapatos que no eran de piel, pero muy adecuados para sus respectivos looks. Me gusta que esté aquí esta noche. Es una simple dependienta pero tiene clase. Se ve inteligente, espabilada y con un cierto estilo para la moda; como si toda la vida se hubiera preparado para ser rica, pero sin conseguirlo todavía. Hoy está rara. Su alegría cotidiana había desaparecido. ¿Le habría pasado algo a su familia? ¿Mal de amores, quizás? Sea como fuere en ese preciso momento, me decidí a contratarla. Creo sin ninguna duda en ella. No tiene estudios, y eso no va a gustar en la compañía, pero será mi protegida. Mañana le escribo un e-mail y espero alegrarle un poco la vida.


Llegaba el primer plato. Me concentré en la comida. Con lo competitiva que soy yo, quería ganar a toda costa. Tantos años disfrutando de la cocina me tendrían que servir de algo. Soy consciente de que Nueva York no es la cuna culinaria por excelencia, como podría ser cualquier capital de Europa. París, Roma, Madrid… son ciudades con un encanto exquisito. Pero Nueva York era mi ciudad, y reconozco que de un tiempo a esta parte, se ha puesto las pilas en el plan gourmet. Ya no es la ciudad de los setenta llena de guettos de diferentes sitios del mundo que se mataban entre ellos. El cine no ha ayudado a verla de otra manera. Pero yo, que he vivido allí durante muchos años, os digo que ha mejorado. Obviamente hay barrios que siguen siendo peligrosos, pero como en todos las ciudades importantes. Últimamente estaba muy de moda el restaurante: Piccola Cucina Osteria Siciliana, en el Soho. Jim y yo habíamos ido a su inauguración y era como comer en un rinconcito de la vieja Sicilia. Incluso creo recordar que los cocineros no hablaban inglés, solo se gritaban en siciliano palabras a mi suponer, bastante burdas.


Jim disfrutaba como un niño con una bolsa de caramelos. Anotaba cositas en su cuaderno y no paraba de comentarme la exquisitez de los platos.

- ¿Cómo se llama el chef? -

- Sergio -

- Debería emigrar a Nueva York. Falta un restaurante así. Pequeño, moderno, con clase, con alma. Beth, piénsalo. Todos los que hay así, como éste, son de especialidades. Él mezcla la comida italiana con producto catalán y lo hace genial. Es como un artista que crea, disfruta, compone y hace que los demás se metan en su cabeza y en su piel. Yo, comiendo este menú, es como si le pudiera conocer. Como si pudiera meterme en su mente y saber lo que piensa de la vida. -

- ¿A sí? Y dime querido Jim, ¿qué piensa de la vida Sergio? -

- Pues creo que es una persona indecisa, muy indecisa. Esa mezcla de sabores es sublime, pero noto que no se decide en apostar por ninguno concreto. Un poco de dulce, un poco de salado… Creo que tiene un gran miedo al fracaso. Es como si, le diera pánico experimentar del todo. Volverse loco y dejarse llevar, por miedo a no gustar. -


Jim me dejó helada. ¿Sería cierto todo esto? ¿Sergio se sentiría así? ¿O Jim hacía de psicólogo culinario por las copas de vino ingeridas aquella noche?


-Jim, haremos una cosa. Cuando acabemos, invitaremos al chef a una copa y averiguaremos cómo es. Si has acertado, si te has acercado un poco a su mente, te propondré un trato. -

- Guau Beth, qué misteriosa estás… Pero recuerda que no estaré en Barcelona mucho tiempo más. Que tengo muchas ganas de ver a mi nena. -

- Tranquilo Jim. Si todo sale bien, tu “nena” me lo agradecerá de por vida.-


Se me estaba ocurriendo algo. Mi mente era como un campo de hierba, que cuando cae una semilla y se queda arraigada a mi cerebro, puede crecer algo maravilloso. De momento era una simple idea. Muchas veces había pasado que se había quedado solo en la semilla, no había crecido nada. Pero yo me fiaba mucho de mi instinto y de momento me había fallado poco. Recuerdo la última vez que había ido contra corriente en la vida. Había sido con mi última relación. A priori éramos como la pareja perfecta. Nos queríamos mucho y a punto estuve de ir a vivir con él. Pero algo en mi interior me decía que no lo hiciera. No sé como explicarlo, era algo que dentro de mí me frenaba a dar pasitos hacia delante en la relación. Él insistía, me juraba que todo iría genial, que no podía vivir sin mí, que era la mujer de su vida, que era única. Debería de tener alma de italiano porque dominaba el arte de los piropos, y del venderme un futuro tan bien, que casi me lo creo. Una noche estaba cenando cerca de su casa con una gente del trabajo y después de un par de copas se me ocurrió pasar a verle. Me había dado una llave para entrar cuando quisiera; cosa que yo no había hecho nunca, en seis meses que hacía que la llevaba en el bolso. Esa noche me apeteció acariciarle, besarle, hacer el amor y dormir en su casa, dándole la sorpresa que seguro que esperaba. Entré y vi que la luz del comedor estaba apagada. Miré que el reloj solo marcaban las once y media de la noche. Demasiado pronto para ir a dormir, pensé. Escuché unos gemidos en el cuarto. Mi primer pensamiento es que estuviera viendo porno y me puse cachonda. Me desnudé en el comedor y abrí la puerta de su cuarto totalmente en pelotas y diciendo: “¿quieres que me una?” Él me miró desde la cama mientras una negrita le hacía una mamada y me dijo: “Si por favor, Elia no lo hace muy bien...” La chica dejó de chupar su polla y con tal ofensa se vistió rápidamente y dijo: “soy Emma, no Elia” Yo salí de la habitación como si estuviera drogada. No le escuchaba, estaba en shock, era como si me hubieran inyectado un tranquilizante que me obligaba a hacer las cosas despacio y con calma. Metí mis cuatro cosas en una bolsa, me vestí y nunca más volví a verle. De hecho, creo que aún sigo teniendo su llave.


Volví a concentrarme en los platos. En los de primavera no había notado nada especial. Me daba rabia porque llegábamos al otoño y en mi libretita solo había escrito no guindilla en uno de los platos de verano. Aunque la ventaja que tuve para descubrirlo, es que casualmente, sirvió el mismo plato que había probado por primera vez en esta casa. La guindilla con la anchoa las recordaba demasiado bien, como para intentar engañarme con unas bolitas de pimentón. Qué recuerdos de esa noche. Barcelona, sus locales y su gente se me estaban metiendo en el corazón. Estaba claro que a aquellos spaguettis no sabían igual que la primera vez que me metí el tenedor en la boca, un miércoles cualquiera, descubriendo un restaurante que sin duda ya estaba en el top five de mi vida.


Faltaban dos platos y creo que mi vestido en algún momento se rompería. Intentaba comer despacio, beber agua a parte de vino, pero me sentía muy muy hinchada. Jim me miró y me dijo con un cariño extremo: “Beth, estás guapisima”. Me reí, saqué el móvil e hice un selfie divertido para tenerlo como recuerdo en esa noche tan especial. Yo, sinceramente no soy mucho de fotos. Cuanto mejor me lo estoy pasando, más se queda el móvil en el bolso. Soy más de disfrutar, observar, charlar y de recordar.


Hice un reposo entre plato y plato y me dirigí al lavabo. Tanta agua estaba haciendo su efecto en mí. Entré y se me pasó el buen rollo. Vi que Érica estaba llorando. No pude más que abrazarla. Nos habíamos visto a penas tres veces en la vida, pero era una chica que me hacía sacar mi lado bueno, mi lado tierno, amable y cariñoso que muy poca gente había tenido el placer de conocer. Ella balbuceaba no se qué de los hombres, no se qué de la confianza y no se qué del dinero. Yo le lavé la cara, le retoqué el maquillaje y le dije:


- Te iba a enviar un e-mail mañana, pero creo que esta noticia te alegrará la noche. He pensado que seas tú la elegida para trabajar conmigo -

- ¿Qué? - dijo ella con sus ojos súper abiertos.

- Venga que ahora tenemos que acabar el menú, y luego si quieres vamos a tomar algo y te explico cositas de la empresa y de tu puesto. ¿Te parece? -


Érica salió con una semi sonrisa del lavabo. Yo me sentí genial. Nunca había sido una persona egoísta, pero sinceramente, había pensado en mí, mil veces antes, que en los demás. Nunca hubiera dejado una buena idea, casi un futuro negocio, por consolar a una chica. La semilla que Jim había sembrado en mi cabeza, podría ser una oportunidad ideal para cambiar de vida. Y yo, que había invertido en bolsa, en acciones y me lo pasaba genial ganado dinero, no podría dejar de intentar hacer realidad un proyecto como este, ni por un minuto. Pero esta noche, no me preguntéis porqué, lo había aparcado. Olvidar, obviamente que no; será una conversación que tengamos en breves Jm, Sergio y yo. Pero hoy, na persona que quizás trabajase para mí estaba destrozada. Y por primera vez en mi vida, iba a dejar mis proyectos, mis ideas y hasta mi diversión por ayudarla.Sinceramente no me reconocía. Me reí amargament pensando en todas las personas que habñia criticado por hacer algo así. Y ahora yo, y sin saber muy bien porqué me había convertido en una de ellas.


Érica y su dulzura me habían conquistado. Creo que en Nueva York, todas las chicas son muy duras, poco cariñosas y poco femeninas, hablando claro. Son más como hombres de negocios que se enfrentan a una jungla donde si muestran sus sentimientos, morirán. Y yo, era la reina de ellas. Nunca he dejado ver mis debilidades femeninas en un trabajo, nunca me ha afectado comentarios como “¿tienes la regla?, es que se te ve muy ñoña” Yo era el macho más alpha de Nueva York. No sé porqué hoy había sido diferente… Definitivamente Barcelona me estaba cambiando. ¿En Nueva York era tan fría, irónica y perfeccionista porque la ciudad era así? ¿Solo necesitaba venir a una ciudad mediterránea para volverme empática con la gente? Salí del lavabo con una sonrisa a explicarle a Jim que era la reencarnación de la madre Teresa de Calcuta.

 

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