lunes, 3 de enero de 2022

Sergio y su zona de confort.

Sergio volvió a casa sin María. Estaba cansado después de una noche tan dura y no sabía si iba a ser capaz de satisfacerla como ella se merecía. Pensó que el esfuerzo le había dado la mayor recompensa de su vida. Mañana miraría la prensa, ya que sin saberlo, aquella noche, había servido a cuatro críticos culinarios. Se sentaron en la número ocho. Nunca le había gustado demasiado esa mesa. Quedaba al lado de la pared y cerca de la entrada a la barra. Cosa que era bastante incómodo tanto para el comensal como para los camareros. “Si empiezo a ganar fama en Barcelona, haré reformas” Pensó mientras se lavaba los dientes. Gina y Paola habían estado geniales esa noche. Les dio un sobre con dinero extra que casi se niegan a coger. Decían que era su trabajo y que la satisfacción de ver a la gente comer bien y ser feliz era suficiente. Él insistió, sabía que a parte de que lo necesitaban, se lo merecían con creces. Aguantarle a veces es un suplicio. No se considera mal jefe, pero estaba pasando un momento personal raro; a veces estaba tan distraído que dónde no llegaba él, llegaban ellas y eso bien se merecía una recompensa económica. Se acostó pensando en los comensales de esa noche. Beth, su bonito vestido rojo, su sonrisa de absoluta ganadora. Se excitó solo de pensarlo. Érica, su timidez arrebatadora, su chispa. Aunque hoy notaba que algo le había pasado. No estaba como siempre, más triste, menos jovial, más callada… Beth y su malentendido con el supuesto Jim. ¡Qué vergüenza! Él poniéndose celoso y era un amigo de su ciudad natal, Nueva York. Habló un rato con él y le pareció muy buen tío. Se hizo una foto con ella, por ser una de las dos ganadoras del concurso culinario. Sacó el teléfono, tapó a la segunda ganadora y sonrió viendo la imagen de Beth junto a él. ¿Algún día se hará realidad? Deslizó su índice por todas las fotos que sus trabajadoras habían hecho de la velada. Se descubrió buscando a Érica. Aquí está. Su expresión era seria, sus ojos fríos y en ninguna instantánea sonreía. Volvió a la primera foto. ¿Érica o Beth? Al final haría lo que Paola le había aconsejado. Quedaría con las dos. Por separado, claro está. Su mente volvió a irse a a esa cama enorme, que últimamente era su sueño erótico más recurrente, donde las dos eran para él. Dejó de pensar en eso y decidió empezar su plan de decidirse por alguna de las dos.


Miró la foto y vio a la otra ganadora de la noche: Clementina Buenavista. La crítica más cruel y legendaria de Barcelona. Muy poca gente le había visto la cara, es uno de los tips de los críticos. Vaya sorpresa sería si fueras a cenar de incógnito y todo el mundo te conociera. Él no tenía ni idea de quién era, Paola tampoco; esta vez le salvó la vida María, la tetona. Ella tenía un extraño radar de conocer gente interesante en fiestas, eventos o conferencias en las que casualmente siempre estaba presente. María fue corriendo a la cocina y con sus ojos grandes le dijo: “¿Sabes por casualidad quién está sentada en la mesa de al lado de la barra? Clementina Buenavista” No esperó respuesta, le explicó toda la parrafada y Sergio se encargó de que los mejores platos fueran directamente a esa mesa. Ya que no les podía cambiar de sitio, al menos comerían lo mejor. Si la crítica era buena, tendría que quedar con María para agradecérselo. Pensó en sus enormes y jugosas tetas. Se empezó a tocar.


Entre el tan placentero sube y baja de su mano se oyó el timbre de su puerta. Él hizo caso omiso y siguió con su balanceo. Cuando por cuarta vez se escuchó el ring, él se levantó medio enfadado, con el pene erecto y sin pantalones. Abrió la puerta maldiciendo:


-Serrgiooo, bnas noxxxes. Xieeennto molestarrr. Estoyyy yyyo alllgooo bebiiiidddaaa….. Ostiaaaa ¿Vassss sinn panntalonessss?-


Érica se tapó los ojos con las manos. Dios que vergüenza. ¿Qué hacía allí? ¿Porqué iba borracha?


-Pasa, te haré un café y me pondré pantalones-


Casi no podía andar, así que la cogió en brazos y la tumbó en el sofá. En tres segundos se quedó dormida. Él se hizo un café solo, se puso los pantalones y se quedó contemplando esa belleza tan poco común que dormía en su sofá. Daba la impresión de no haber dormido en cien años. Estaba muy a gusto apoyada en sus cojines amarillos de Ikea. Verla daba paz. Pero y ahora ¿qué hago?.


-Pol, perdona que te moleste, ¿estás ocupado?-

-No tío dime-

-Me podrías explicar porqué tengo a Érica en mi sofá-

-Ah sí tío perdona. Mira, me la encontré en el bar que está al lado de tu restaurante. Iba bastante taja. Y estaba como una loca criticando a los hombres, a las drogas y a esta sociedad… No sé, un desastre. Y no va la tía, que en cuánto me ve, me dice que le diga donde vives. Que tú eres el único hombre que merece la pena. Que tenías no sé que rollo de sensibilidad con las verduras, pues que también lo tendrías con las mujeres… O algo así, bueno, que no la entendía muy bien-

- Vaya, eso dijo… Y ¿tú le diste mi dirección?-

-Sí tío. Pero que si se pone muy mal la echas y punto. Que se apañe. Pensé que si estabas solo te podría hacer buena compañía. Que sabes que hace unas cosas con la leng...-

-Calla, calla. Ok. Bueno se ha quedado dormida. Pero no la voy a echar tío, pobrecita. Que duerma y ya hablaremos mañana.-

-Vale mañana me cuentas-



Sergio volvió a la cama. Eran casi las dos y estaba muy cansado. Se acostó y oyó unos ruidos. Se levantó de nuevo y encontró a Érica buscándolo. Con los ojos medio cerrados y el vestido torcido se le abrazó y le susurró al oído: ¿Puedo dormir contigo?. Él la guió hasta el cuarto y le acompañó a su lado de la cama. “¿Me puedes quitar el vestido? En una cama con un hombre siempre se tiene que dormir desnuda, pasen cosas o no” Él obedeció sus órdenes sin pensarlo demasiado. Pudo ver un cuerpo pequeñito pero muy bonito. Todo estaba en su sitio, no destacaba nada en particular pero el conjunto era tan bonito como para que su juguetón pene volviera a erguirse. “Ahora no” Pensó mirando hacia abajo.


En cuanto se acomodó en su lado, Érica se giró y se apoyó en su pecho. Él le besó imperceptiblemente en su cabeza y se quedó pensando en cuánto tiempo hacía que no dormía acompañado con una mujer acurrucada en su pecho. No se dio cuenta de cuánto lo había echado de menos. Sentir el calor, la piel, la respiración de otra persona en tu torso es el mejor somnífero que alguien puede tener. Cerró los ojos y se durmió con una tranquilidad como hacía tiempo que no sentía. ¿Sería ésa la señal que Sergio necesitaba?

 

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