Catorce de febrero. Día de los enamorados. Día donde quieran o no,
todas las parejas, aunque sea por un segundo, se sienten afortunadas.
Todos queremos pertenecer a ese bando. Hay muy poca gente, que quiera
ser soltero empedernido. Soltero se es por necesidad, porque no te
planteas ir con la primera que pasa. Y no dudo, que, al principio,
sea algo muy interesante. Los primeros meses, te ves con la libertad
de tontear hasta con la veinteañera que te sirve el pan. Vas con el
guapo subido, piensas que las mujeres te miran porque solo quieren
sexo, y te sientes como un Dios. Pero al cabo de unas semanas echas
de menos dormir acompañado. Y esta vez, no solo por el sexo, que
reconozcámoslo, es ideal hacer el amor con tu pareja siempre que
quieras; en este caso, pensabas en el cariño, los abrazos, el reírte
con ella en la cama, el cocinar juntos… Todo el mundo que haya
tenido una relación estable, de vez en cuando, echa de menos estos
momentos.
Yo, este catorce de
febrero del dos mil veinte, me encontraba quitándome el abrigo en un
encantador restaurante llamado “Celler de l´Arbocet”. Elegido
por Mr.Surprise para pasar esta velada tan especial. Había
organizado un fantástico fin de semana en la región del Priorat,
situada a una hora y algo de Barcelona. Y me esperaban unas
fantásticas cuarenta y ocho horas de auténticas sorpresas. Por algo
mi chico tiene este mote. (Guiño, guiño, codo, codo).
Lo primero que me
impactó fue el local. Era amplio, tanto como para poder cenar en una
mesa de cuatro personas y que no te dijeran ni mu. Por primera vez en
mucho tiempo, tenía una silla para mi bolso. En el local había unas
pinturas impresionistas de lo más divinas. Eran tres y estaban
colgadas en una pared de piedra. Un poco más a la derecha había una
chimenea que es lo que daba el caliu al comedor. Una guapísima
camarera con los labios rojos nos sirvió el pan y nos trajo la
carta. Siempre he admirado a las chicas que van con labios rojos a mí
nunca me quedan bien. El color se me va enseguida, no me favorece
demasiado con mi tono de piel y cuando se me empiezan a borrar parece
un magenta raro… Así que sí, este local siempre le reconoceré
por la camarera de los labios rojos.
El sommelier nos
recomendó un vino de la región llamado “Els Pics” y empezamos a
degustar nuestra primera cena de enamorados. Elegimos un par de
entrantes: Unos huevos revueltos con setas de temporada, espárragos
trigueros y foie; maravillosos. El segundo entrante eran unos
saquitos rellenos de carne con una bechamel muy suave que se llamaban
“el secret dels meus amics”, con ese nombre no podían faltar en
mi mesa, fue el plato estrella, me sorprendió tanto, que lo
disfruté sin casi decir ni una palabra, (cosa bastante difícil en
mí). Cuando bebías aquel vino, te explotaba en boca con una
suavidad aterciopelada, para luego, al pasar a la garganta, empezaba
a crecer y se notaba, como te subía un gusto a madera absolutamente
intenso. No sé si era el vino, el foie, los saquitos con secretos o
el echo de sorprenderme con esta escapada, pero empezaba a ver, a
este hombre que me acompañaba, de una manera más especial si cabe.
Recuerdo que antes del segundo entrante le miré, y dejé volar mi
imaginación, pensando dónde y cómo estaríamos, de aquí a cinco años. La respuesta, queridos lectores,
prefiero reservármela. Aunque los que me conocéis bien, sabéis,
que no puedo aguantar mucho, y siempre acabo contando mis
pensamientos más profundos por aquí…; hoy, creo que prefiero
dejarlo así. Quizás mañana, o quien sabe, quizás solo quede en mi
memoria. Única chica cosmo también puede ser misteriosa. (A veces).
Volví a ver a la
gran desaparecida de la noche: la chica de labios rojos. Nos retiró
los entrantes y nos preparó los cubiertos para las carnes. Si ya
estaba enamorada de esta camarera, me acabó de deslumbrar cuando en
otra mesa sacó un recogemigas. El objeto estrella de todos los
restaurantes de lujo que se precien. Me encanta esta pijería. Y hoy
en día, al menos en la ciudad de Barcelona, hay muy, muy pocos
restaurantes que lo tengan o que lo hagan servir. Mi querido padre,
gran conocedor culinario donde los haya, adoraba los recogemigas. En
nuestra mesa no hizo falta pasarlo ya que todo el pan se impregnó de
la bechamel, pero si lo llego a saber, dejo el mantel como si fueran
a cenar las gallinas. Por el recogemigas la camarera se había ganado
dos euros de propina y el restaurante mi más efusivo amor eterno.
Los segundos era
espectaculares. Mi chico pidió pato y yo solomillo de ternera. Mi
plato, en principio, era a la piedra, pero realmente me da un poco de
pereza ponerme a hacer yo la carne, así que, le pedí por favor, que
lo emplataran y me pudieran salsita. Sé lo que vais a decirme: ¿No
había otro plato para pedir? Seguramente sí, pero esto es cómo las
moléculas. Mola desestructurar un plato y coger un trocito de cada
uno, para juntarlo y hacer, aún si cabe, algo más delicioso. Los
científicos lo hacen cada día en sus probetas, ¿Por qué yo no?
Sin dudarlo quedé muy satisfecha con mi solomillo. Uno de los
mejores que he probado en mi vida. La carne buenísima, el punto
perfecto, y el sommilier excelente, porque, si el vino estaba bueno
con los entrantes, con la carne era un bocado de cielo. Disfruté
muchísimo de una conversación tranquila y de mi noche de los
enamorados. Mr. Surprise no podía haber elegido mejor. Cuando
pedimos la carta de postres, nos vino sobre ruedas. Era la misma
señora pastelera que nos traía un carrito con los postres, y nos
explicaba todos los ingredientes de cada uno. Parecían pequeñas
tartaletas, como en las fiestas de la yet-set, todas variadas y todas
súper apetecibles. Yo elegí una de turrón. Soy extremadamente fan
del turrón. En cualquier época y en cualquier situación. Me
encanta las tartas, los helados, la mousse, el flan… Todo lo que se
pueda hacer con turrón es genial. Así que no lo dudé. Me tiré de
cabeza a por mi turrón, siempre con dos cucharitas, para compartir
con mi amor. Tengo un novio que no le gustan los dulces. Me encanta
que sea así. El único dulce que tomo yo, es cuando salgo a cenar fuera,
habitualmente no tomo. Soy de salados, como él. Siempre nos
hacemos unos desayunos tremendos de cosas ricas: embutido, tostadas
con jamón, aceite, tomate y sal, llescas con queso… ¿Y sabéis lo
mejor de él? Que tampoco le gusta demasiado el chocolate.
La cena, sin duda,
fue maravillosa. Se me llena la boca de adjetivos bonitos cuando la
rememoro. Pero lo mejor es él. La compañía es lo que da el alma a
las cenas. Los restaurantes son un espacio vacío si no hay gente
divirtiéndose, hablando, disfrutando, emocionándose, decidiendo
cosas, pidiendo matrimonio o viendo las fotos de su futuro destino.
Una cena siempre es buena para celebrar cosas o disfrutar de algo, ya
sea en la compañía de tus amigos, familiares, hijos, jefes, o como
en este cas: novio. Y había mucho que celebrar. Este mes, para
ambos es especial, y me encanta que coincidamos en esto también.
Cada momento que estoy con él me alucino descubriendo cosas nuevas. Algunas
pueden ser peores, otras mejores, algunas serán pasajeras, otras se
quedarán… Lo que siempre, siempre, siempre deseo es que nunca
pierda este positivismo que tiene ante la vida y sobre todo la
capacidad de sorprenderme. Que a mis treinta y siete años recién
cumplidos (hace unos minutos) sentir que algo te sorprende es tan
difícil como encontrar un buen restaurante con recogemigas.
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