miércoles, 29 de abril de 2020

Beth

En esta vida, a veces, tienes que ir a contracorriente. Lo empezamos a sentir en la adolescencia. Cuando sin saber por qué, ni cómo, nuestro cuerpo empieza a cambiar. Nuestra mente, nos dice, que tenemos que cuestionarnos absolutamente todo lo que tus padres te enseñan. Bueno, tus padres, tus abuelos, tus hermanos mayores, tus profesores… A esa edad, la persona más sabia que conoces, es el tío ese de cuarto de E.S.O, que ya ha tenido tres novias. ¡Ése, sí que sabe de la vida, chaval!

Pasado ese período, solemos recuperar la relación con nuestro raciocinio a la vez que lo hacemos con nuestros familiares. Años más tarde, tenemos que tomar las primeras decisiones más importantes de nuestra vida. Tenemos que pensar muy bien, en cómo construir nuestro futuro. ¿Estudiar en la universidad o hacer módulos ? ¿Independizarse con amigos, solo o con tu chica? ¿Qué carrera elegir? ¿Cuál tiene mejor salida? A veces acertaremos y a veces no. Algunas serán buenas y otras serán erróneas, pero lo único que importa es que sean nuestras decisiones porque es nuestra vida. Nunca olvidemos, que tenemos que ser nosotros los que tengamos la última palabra, por muchos consejos que nos den.

Y así es cómo se encontraba Beth. Envuelta en un mar de dudas. Había aterrizado en Barcelona hacía una semana y no había forma humana de encontrar un piso decente. En esta situación se planteaba eso de “compartir.” Ella nunca había vivido con nadie. Era muy buena en su trabajo y eso le proporcionó dinero desde hace años. Nunca había tenido necesidades económicas y le gustaban las cosas tal y como eran. Disfrutaba de su apartamento, de su cocina. De sus pelis, normalmente los jueves y de sus sábados bailando hasta el amanecer. Los viernes se dedicaba a degustar unos cócteles en algún lugar secreto y exclusivo de su ciudad. ¿Dónde iba a encontrar éso aquí? En Nueva York, su ciudad natal, había sido muy feliz. Pero una crisis en su empresa, debida a las malas decisiones de la dirección, le habían obligado a cambiar de ciudad. Llegados a este punto, cerró la app de pisos y abrió Tinder. Estaba cansada de buscar apartamento. Mañana sería el gran día. Mañana sería el día en que encontraría un fantástico piso de dos habitaciones, en el centro, reformado y listo para entrar a vivir por el módico precio de 850€. Se rió amargamente. Si me lo dejan en 1050 lo cojo con los ojos cerrados.


Empezó a ver los chicos que ofrecía la ciudad de Barcelona. Los autóctonos normalmente eran morenos, aunque se fijó en la cantidad de chicos de treinta y muchos que estaban completamente calvos. Los calvos nunca habían sido atractivos para ella, pero con esta proporción, quizás se tenga que acostar con alguno por primera vez. Sus gustos eran refinados. Le gustaba la gente guapa, chicos altos, fuertes y de cara atractiva. Solía preferir los rubios y con los ojos claros. Nueva York, debido a su historia, era una mezcla de muchas razas, etnias y religiones. Así que en sus relaciones podía recordar chicos judíos, católicos, blancos, negros… Pero todos con un denominador común: la inteligencia. Era incapaz de acostarse con un chico maleducado, que no parase de escupir por la calle o que diga joder y coño cada 3 segundos. Le repugnaba los chicos incultos, La vida puede llevarte a dejar de estudiar, eso no le importaba. Pero la gente que no tiene aficiones, curiosidad por las cosas, la gente que le da igual saber que la tierra es redonda o plana y porqué; no podía con ello. A Beth le gustaban las citas en los restaurantes de fusión, en coctelerias de lujo o en casa del susodicho. Le deleitaba que los chicos cocinen. Ya que comer era su actividad favorita, su hobbie. Éso ya le daba muchos puntos respecto a la cita. Vamos, que muy mal se le tenía que dar al chaval, para que Beth no acabase durmiendo en su casa esa noche. Hay chicos que consideraban que ese comportamiento era de pija; para nada ella se consideraba así. De hecho, una vez por semana, recorría varias lineas de bus para irse a Long Island y comerse, el que sin duda era, el mejor Ramen de la ciudad. Si eso era de pija, que baje Dios y se lo diga... A veces tenía que volver en taxi, porque se deleitaba tanto con su cena y su cóctel de después, que se le escapaba el último autobús. Normalmente lo hacía los miércoles. Era mitad de la semana y quería tomarse una noche para ella. A las 6.30 iba a su casa y se arreglaba. Se ponía vestido y tacones como si fuera una cena importante. Y es que ella, que siempre ha sido muy femenina, quería mimarse también a sí misma. Arreglarse y cuidarse para que un hombre, te vea guapa, es genial, pero si tú misma no te ves y no te sientes guapa, puedes acabar, con graves problemas psicológicos. Solía llegar sobre las 7.30 a Mu Ramen. Los dueños ya la conocían y siempre le reservaban una mesa íntima y tranquila. Le servían sake tibio y le preparaban su ramen especial de la casa y su edamame de entrante. En esos momentos no pensaba en nada, solo disfrutaba de su cena con tranquilidad y con el gran respeto por la comida que siempre había tenido. Intentaba adivinar los ingredientes del caldo. Se divertía degustando cada verdura y cada trozo de carne. Y como siempre, los fideos estaban en su punto exacto de cocción. Solía acababar con sake; dejándose el último trago para que le ayudara a hacer una digestión un poco más ligera. Siempre le había gustado acabar una cena con un sabor de vino o de licor. Y el sake, no siendo un sabor extremadamente fuerte, era ideal para cerrar su cena.

Cuando terminaba se iba andando al Gantry Bar y se tomaba un delicioso cóctel que el dueño inventaba para ella. Era su ritual de los miércoles y le encantaba. Charlaba un poco con la camarera y se dejaba envolver por el alcohol y las hierbas que había en su trago. En ese bar descubrió hierbas como el cilantro, también aprendió los matices del whisky y algún trago caribeño como el tequila o el ron. Ella no había probado cosas tan deliciosas nunca. Empezó a descubrir las buenas bebidas alcohólicas, y las mil combinaciones que pueden hacerse con ellas. Geniales para provocar risas y buenas conversaciones un miércoles cualquiera. Volvía a casa sobre la medianoche. Totalmente renovada y feliz. Creía sinceramente que la gente no era demasiado feliz. Se habían olvidado de parar. Mirar. Disfrutar. Reír. Y volver a empezar. En su ciudad, donde el nivel de estrés y exigencia laboral habían alcanzado cuotas altísimas, era necesario estos momentos. Google, ya empezó con un trabajo un poco menos habitual. Poniendo una cocina con cosas ricas para que la gente hiciera su break. Y facilitándole la vida a sus trabajadores con salidas de fin de semana organizadas por ellos o jornadas para conocerse que incluían canguros para los niños. Le siguieron la pista muchas empresas que tienen su propia guardería. Una sala de pintball para desestresarse y un gimnasio para poder, entre reunión y reunión, hacer unas pesas. Todo esto a mí me parece una trampa. No digo que esté mal, ni mucho menos. ¿Pero la gente no ve que es una falacia? Esos breaks, esos parones lo tienen que hacer fuera del trabajo. La gente se tiene que buscar sus aficiones, su rinconcto fuera de su vida laboral. Si no, no sirve de nada. La gente de esas grandes empresas son unos esclavos para que su vida gire entorno al trabajo. Y eso no lo podemos consentir. Me gusta mucho las personas que tiene sus propios hobbies y la capacidad de evadirse del trabajo. Ya que como decía mi padre, “el trabajo es solo una pequeña parte de tu vida”.

Uy, un Match. Por favor que no sea adicto al trabajo, que no sea maleducado, que no fume, que no se drogue, que le guste la comida y que sepa distinguir entre un tomate raff y uno de colgar…

Me reí yo misma. Como puedo pensar todo esto en dos segundos. ¿Seré demasiado exigente? Bueno, no puede ser tan malo si yo también le he dado like. Puede que quizás sea un poco exigente, pero yo cuando me enamoro lo doy todo. Me he venido a vivir a Barcelona porque en cierto modo me enamoré de mi trabajo. También soy una enamorada de España. Mis abuelos eran de Andalucía. Nunca los llegué a conocer pero hablo el español perfectamente gracias a mi padre.
Respiré. Tomé un trago de un Chardonnay francés que me había comprado en una bodega cercana al hotel, me senté en el sofá y abrí el Tinder...

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