jueves, 30 de abril de 2020

Érica

Me senté en el sofá. Estaba cansada. Llevaba días sin dormir bien. Mi columna vertebral parecía un alambre totalmente retorcido. De joven había hecho mucho baile y mi espalda siempre había sido muy fuerte. Mi profesora de ballet decía que era como una rama alta, recta y dura. Supongo que dormir durante cinco años en el colchón más barato de Ikea no ayudaba mucho…

Vivía en un piso muy cerca del centro de Barcelona. Me encantaba. Tenía dos habitaciones bastante grandes, una cocina muy bien equipada, un salón pequeñito y un baño decente. Mi compañero de piso/mi novio, se había largado cinco años antes y hasta entonces haía vivido sola. La tienda donde trabajaba, no me pagaba mal del todo y conseguía mantenerme por mí misma. Me daba para mis caprichos culinarios. El último, una máquina para hacer pasta. Podía viajar, una vez al año, por algunos de los fabulosos países de la desconocida pero auténtica Europa del este, donde la economía se mantenía por los suelos, y con mis ahorros podía disfrutar quince días de no mucho lujo. Tenía muy en mente ir a Croacia, pero gracias a la serie de televisión “Game of thrones”, se había disparado el precio y ya no estaba a mi alcance. ¡Maldito King’s landing!

Tenía que organizar mi vida. Hacía ya unos meses que habían cerrado la tienda donde trabajaba. Había conseguido un trabajo que a priori parecía muy guay, en una tienda de lujo en la zona alta de Barcelona. Pero como se dice “No es oro todo lo que reluce”, me habían prometido un montón de extras, comisiones, y pagas que nunca llegaban. Así que me cambié a otra tienda de media jornada y malvivía como podía. El trabajo de dependienta en Barcelona, creo que es el peor valorado del mundo. A mí, me encanta mi oficio y creo que soy muy buena en ello; pero más vale que empiece a mirar otras opciones, porque con treinta y cinco años que tengo, no creo que mi ingenio me de para malvivir otros treinta años más.

Lo primero que hice es poner la habitación en alquiler. Me habían llamado varias personas. Pero las había rechazado a todas. Algunos tíos eran muy guapos, pero no quería a nadie que me pudiera atraer, ya que nunca salían bien los negocios cuando los mezclabas con el placer. Las chicas que había entrevistado, no me habían dado mucho feeling. Y yo creo extremadamente en la primeras impresiones. El cuerpo humano es súper sabio; y cuando conoces a alguien y la mente te dice que no, hazle caso. Puedes ir a contracorriente en la vida, de hecho, lo hacemos todos en la adolescencia o en la juventud. Rechazamos la autoridad de los papis, los profes de tus yayos… Pero nunca, nunca puedes ir a contracorriente con tu cuerpo o con tu mente. Si lo hacéis, las consecuencias pueden ser nefastas. Creerme, lo sé.

Una vez que alquile la habitación, tendré que buscar un trabajo nuevo, ya sea otro de media jornada o una de jornada entera. Ojalá sea uno de horario completo. Ir de un trabajo a otro, no me motiva demasiado. Soy una persona que, si la tienda y el concepto del proyecto, me gustan y me representan, me puedo quedar años y años disfrutando de ese ambiente laboral. No me asustan los cambios. Pero si estoy a gusto en un trabajo puedo estar para siempre. El problema, es que no he encontrado una tienda con un proyecto ideal para mí, nunca. Y eso es muy triste. Me gustaría ser parte de un equipo de trabajo en el que se valoren a las personas, tanto como al dinero. De hecho, creo fervientemente, que si estás en un equipo que te representa, y en el cuál te sientes a gusto; las ventas vienen solas. A veces , yo misma, he entrado a comprar en alguna tienda, y sin saber porqué, he olido el mal rollo, me he dado cuenta del mal ambiente que había en ese local. Éso, me ha hecho comprar rápido y tener la sensación de querer salir corriendo de ese comercio lo antes posible. Sinceramente, lo peor que te puede pasar cuando vas de shopping. Y por supuesto, lo peor que puede ofrecer una empresa que depende de un público.


Ahora, si tuviera dinero y días libres, me encantaría viajar. Cuando viajo, me siento libre. Siento como si todo fuera bien. Como si no tuviera ningún problema, y mi vida fuera absolutamente maravillosa. Me encanta descubrir pueblecitos, hablar con la gente y descubrir su alimentación. Me considero adicta a la comida. Soy metódica, obsesiva, exigente y perfeccionista. Para mí cuesta igual hacer las cosas bien, que hacerlas mal. Por lo tanto, los restaurantes que hacen esos bocatas malos, o esas bravas que están duras, no los entiendo. Yo, intento hacer unas bravas duras y os juro que no me salen. Creo que gastaría más energía en hacerlo mal que bien, y obviamente, no merece nada la pena. Descubrí la cocina, porque mis padres siempre han sido muy buenos en ella. Yo los clasifico, como la noche y el día en sus representaciones culinarias. Mi madre, es la típica ama de casa española. Cocina las recetas tradicionales de su pueblo, hace pucheros, cocido, sabe adobar, sabe escabechar. Sabe las técnicas más ancestrales culinariamente hablando. Mi padre, en cambio, es más rollo moderno. Se compra libros de recetas del gran Ferran Adrià. Compra cosas muy extrañas para esferificar alimentos, que luego, todo hay que decirlo, están increíbles. Es cuidadoso con la presentación de los platos. Y se puede tirar dos días haciendo un paté de olivas y anchoas solo para utilizarlo de guarnición en algún delicioso plato. Con estos profesores yo, no podía salir conformista en la cocina. De hecho, adoro las primeras citas Tinder, cuando el chico se esfuerza en llevarte a un buen restaurante. Me encanta cuando intenta sorprenderte, camelarte, y que comas postres que nunca has probado. En mi caso, es difícil sorprenderme. Aunque si el chico se lo ha currado y me gusta lo suficiente, soy capaz de fingir sorpresa ante algún plato. Qué queréis que os diga, prefiero fingir eso, que fingir un orgasmo. Pero por lo general me suelen sorprender. Aunque yo he comido muchísimas cosas poco habituales, en estos cinco años de estar sin blanca he comido más Kebab de los que me gustaría. Debo reconocer que a veces he salido con chicos, para que me llevasen a buenos restaurantes, aunque ellos no me gustasen demasiado. Supongo que soy una zorra, bastante adicta a los solomillos y al marisco. ¡Soy una yonky de la buena comida! Lo reconozco. Pero bueno, no me miréis así, que nadie es perfecto. Muchos amigos me tildan de pija. Y puede que lo sea, un poco. Pero también aprecio la comida que no es cara. Mi filosofía es, la buena comida. Ya puede ser en un restaurante de lujo, como un Nepalí de la calle de abajo, que son tan auténticos que ni siquiera saben hablar en castellano; cosa que personalmente no me importa si siguen haciendo los momos y las samosas tan deliciosas.

Uy! Me están llamando, supongo que es por la habitación. A ver si hay suerte y encuentro mi compañera ideal...

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